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Los Ángeles: una ciudad para la nostalgia (Primera Parte)

Jaime Quezada, destacado poeta oriundo de Los Ángeles pero afincado hace décadas en Santiago, publicó en 1970 en la revista “En Viaje”, esta bella una descripción de la ciudad de los años 50 y 60.


 Por Juvenal Rivera

10-3, ciudad de la nostalgia

LOS ÁNGELES GENERACIONAL

Hechos, persona y acontecimiento marcan, dan carácter a mi generación hace ya más de una década. Escuchamos por radio la llegada de Gabriela Mistral a Santiago de Chile: la profesora de castellano toma apuntes de su discurso.

Yo le encuentro voz de gringa a la poetisa. Era tan niño, Gabriela. Ahora cómo me duele y hermosea tu palabra indígena y americana. Carlos Ibáñez viene en su tren presidencial a inaugurar la Exposición Agrícola un mediodía de noviembre. Me niego a avivarlo a su paso por la plaza. Esa misma tarde leo una Antología de Pablo Neruda en la biblioteca del liceo mientras compañeros disfrutan del feriado escolar. Cae Perón. Un joven poeta mata a Somoza en Nicaragua. Es el tiempo del rock and roll, del suicidio de Getulio Vargas, de Meléndez y Robledo en las portadas de “Estadio”.

Todavía me persiguen esas amarillas fotografías de rostros de rectores que cuelgan en los muros de las salas. La universitaria Alicia Ramírez es acribillada un dos de abril en una calle de la capital. Quemamos libros. Vamos a una huelga. En otras ciudades hacen barricadas. Los estudiantes apedrean buses de la ETCE.

James Dean y Pier Angeli son nuestros paradigmas cinematográficos. Marta Brunet se queja de su vista en una conferencia en el teatro del liceo. Para un aniversario del colegio me regalan un libro de Daniel Belmar “Coirón” que comento para una página de la revista anual. A la salida de clases escuchamos canciones de Ricardito o Bill Halley y sus Cometas. En un almuerzo de rotarios muere el rector don Óscar Concha Muñoz: en su escritorio de trabajo están corregidos y con mis notas iniciales intentos poéticos. Los diarios hablan de una guerra por la crisis del canal de Suez.

Después de muerto, los tilos de la plaza vuelven a cubrirse de hojas. Gano una bicicleta en un concurso literario de Iansa. Participamos en un foro acerca de los sputniks que nos hacen volver a Julio Verne aquel octubre del ’57. El padre Prudencia de Salvatierra habla pestes de los Antipoemas de Parra una mañana que lo presento en el Ateneo Camilo Henríquez. Me coloco mi primera corbata un día de nieve para asistir al concierto de piano de Ramón Parra Román. Toca a Paderewski y Chopin en el teatro del liceo mientras contemplo obsesionado las pinturas de Anarkos Bermedo, esos murales con forma de ventanas, de espacio como la vida misma.

LOS ÁNGELES FUNDACIONAL

La ciudad se extiende de norte a sur entre los esteros Quilque y Paillihue, el cerro Curamávida y el puente Los Ciegos. Con los pinares de Canteras y el volcán de Antuco por el este; tierras bajas, pastosas y delimitadas por el ramal ferroviario a Santa Fe por el punto cardinal oeste. Mal ojo tuvo el sargento mayor don Pedro de Córdoba y Figueroa que, por provisión del gobernador don José Manso de Velasco, fundó la ciudad allá por el día 26 de mayo de 1739, en medio de pajonales y esteros que se salen de madre cada invierno. Largas y angostas calles con piedra de huevillos, adoquines o asfaltadas llevan repetidos y comunes nombres de Almagro, Colón, Valdivia, Mendoza. O los legendarios de la raza aborigen: Lautaro, Colo Colo, Rengo, Tucapel. A este mapa callejero se agregan las casas de adobe o de barro, pintadas con cal y con techos de teja que resisten el paso del tiempo como si tal cosa.

La calle Colón es la arteria del Comercio, de las oficinas bancarias, de tiendas que muestran en sus vitrinas la moda traída de la capital. Es también el paseo obligado de los estudiantes – después de las horas de clases – hasta el antiguo correo, la fuente de soda Oasis, los afiches del teatro. O simplemente tirar pinta antes de llegar a almorzar a la casa.

La calle Almagro, en cambio, es la calle de los que tienen pocas horas para hacer las compras. Es la calle de los forasteros, de los que buscan pensión, de los campesinos, de los que llegan cada mañana en las micros rurales. Es la más bulliciosa, folclórica y mercantil de Los Ángeles. Están las paqueterías de los turnos, las talabarterías con sus nombres –objeto de la “Olletita”, “El Martillo”, “La Campana” o estos zoológicos de “El Caballo”, “El Cóndor”, “El Huemul”. Un ambiente de feria donde es posible encontrar viejos cantores o ciegos con guitarras y guitarrones que casi no tocan y venden cancioneros y baratijas.

Pero la ciudad crece lentamente. Herrumbrada por las interminables lluvias de los inviernos y la pesadez del calor en los veranos. Cuesta sacudirse de esta modorra, de esta especie de sueño ancestral. Dos grandes enemigos detienen el progreso: familias-patriarcales que imponen sus apellidos, fundan y controlan instituciones, hacen poderosas fortunas que invierten en Santiago o en largos viajes por Europa. Su iniciativa al progreso cultural y material es casi nula. El otro daño viene de los terremotos. Los Ángeles ha sido principio o cola de los sismos: no hay muertos. No cae una casa. Antiguas casonas se agrietan, permanecen en pie y continúan habitándose. La ciudad sigue marcando el paso. Los terremotos ni siquiera alteran la escasa imaginación y sentido común de los angelinos. No son las cosas materiales las que se vienen abajo, desaparece lo único que debiera mantenerse con empuje y tenacidad: el Coro Polifónico, la Academia de Teatro, el Conjunto de Jazz, la Casa del Arte, nada dura más de cinco años. Nadie colabora, los que tienen espíritu de Quijote terminan sancochándose. Se pierde tiempo, corazón, noches enteras para nada. Son los designios de algunos pueblos. No hemos aprovechado herencias tan vitales y humanas como la de Pedro Ruiz Aldea, el periodista costumbrista muerto tuberculoso antes de llegar a los 40 años, desterrado, condenado a muerte, creando periódicos, introduciendo la primera imprenta en la zona de La Araucanía. O esta obra de vida tan valiosa como la del pintor nacional Pedro Luna. Pocos saben que nació en Los Ángeles, que todavía es posible encontrar en los salones de antiguas familias cuadros no catalogados en los ficheros del autor. No hay una calle que recuerde su nombre.

Los angelinos nos encogemos de hombros, nos resignamos, esperamos una varillita del hada madrina que venga a tocarnos el día menos pensado.

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