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Columnista

La industria del gol

Maciel Campos

Director Escuela de Publicidad y Relaciones Públicas Universidad de Las Américas

por Maciel Campos

Pocas experiencias humanas producen una alegría tan desbordante para unos y una tristeza tan devastadora para otros como un Mundial de Fútbol. Basta que una pelota atraviese una línea de cal para que millones de personas rían, lloren, oren, insulten o abracen a desconocidos. Sin embargo, mientras el público mira el marcador, existe otro partido que comenzó a jugarse mucho antes lejos del césped y con vencedores que rara vez levantan una copa.

El Mundial terminó el pasado 19 de julio, pero el verdadero campeón no fue únicamente la selección española que alzó el trofeo. También lo hicieron las marcas que monopolizaron la conversación global. Porque un campeonato de esta magnitud ya no constituye solo un espectáculo deportivo: es probablemente la operación comunicacional y comercial más sofisticada del planeta, con un impacto financiero mundial superior a los U$ 80.000 millones.

Marshall McLuhan sostenía que "el medio es el mensaje". Difícil encontrar un ejemplo más elocuente. Durante un mes, el fútbol deja de ser únicamente un deporte para transformarse en una gigantesca plataforma de distribución de relatos, símbolos, identidades y consumo comandada por la FIFA. Cada transmisión, conferencia de prensa, repetición, publicación en redes sociales o celebración espontánea funciona como soporte publicitario de una industria cuidadosamente diseñada para capturar atención.

No es casualidad. El economista Herbert Simon advirtió hace décadas que la abundancia de información produce escasez de atención. Y precisamente eso administra hoy el Mundial de Fútbol: atención humana convertida en activo económico. Las marcas ya no compiten únicamente por vender productos, compiten por ocupar algunos segundos de memoria emocional. Un gol memorable vale más que una campaña de millones si consigue instalar una asociación afectiva con una imagen o con un logotipo.

Las cifras ayudan a comprender la magnitud del fenómeno. Miles de millones de visualizaciones, centenares de patrocinadores, derechos audiovisuales distribuidos a escala planetaria, plataformas digitales, contenido generado por usuarios e influencia de creadores convierten cada partido en un ecosistema publicitario prácticamente perfecto. Philip Kotler describía el marketing como la capacidad de crear valor para generar intercambios. Hoy ese valor ya no reside únicamente en un producto, sino en la atención colectiva.

Por eso tampoco resulta extraño que las pausas de hidratación, las cámaras de celebración, la realidad aumentada, las estadísticas en pantalla o incluso las entrevistas posteriores respondan a una lógica donde cada segundo disponible posee un precio. El fútbol continúa emocionando, pero esas emociones alimentan una maquinaria que aprendió a monetizar prácticamente cualquier gesto humano.

Este Mundial es la constatación de que vivimos en una economía donde la atención se ha convertido en el recurso más disputado del planeta. La pelota seguirá rodando cada cuatro años. Las camisetas cambiarán de color. Los héroes deportivos también. Pero mientras millones crean asistir a una final de fútbol, el verdadero campeonato seguirá jugándose en otro lugar, allí donde las emociones dejan de ser un sentimiento para convertirse en el producto más rentable del mercado.

Maciel Campos

Director Escuela de Publicidad y Relaciones Públicas Universidad de Las Américas

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