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Columnista

¿Y si es verdad?

Mario Ríos Santander

por Mario Ríos Santander

En el régimen militar que gobernó Chile por algo más de 16 años se dio origen a un vocablo que fue voceado y establecido en las más importantes normas legales que se fueron poniendo en marcha: "La Democracia protegida".

La cosa era simple. De partida, tal como lo había dicho Winston Churchill, "Es el menos malo de todos los sistemas de administración de los Estados". En efecto, parecía que las sociedades ya se encontraban capacitadas para ser partícipes de los actos públicos más importantes de su nación y por ello, en el siglo XVIII, con algunas prevenciones, comenzaron a surgir los Estados democráticos.

En realidad, la libertad animaba a las poblaciones que acogían esto de la democracia a ser responsables; por ello, siendo la libertad la manifestación de la responsabilidad, recaía en las personas su aplicación prudente e inteligente. De allí surge el buen criterio en lo que se refiere a la persona y el sentido común que expresa la voz social. Recuerdo que cuando elaborábamos las leyes orgánicas constitucionales de los municipios, algunos de los senadores planteamos que "el alcalde, al menos, debía tener educación media completa", debido a las enormes responsabilidades que asumía y las altas sumas de dinero que administraría. Como eso tenía algún "aroma militar", la mayoría rechazó esta medida de "cuidado de la democracia", alegando que "al pueblo no se le puede estar condicionando a la o las personas que van a elegir. La democracia, ahora participativa, tiene la suficiente capacidad para ser libre en su determinación".

Así fue que en la comuna de San Fernando se eligió a un alcalde que no sabía leer ni escribir, quebrando al municipio antes de cumplir el segundo año de su mandato. Lo mismo ocurría en Río Hurtado, comuna ubicada en la cuarta región, donde el alcalde elegido también era analfabeto. Tales hechos hicieron reconstruir el camino andado, modificando la norma electoral de los alcaldes, obligándolos a tener educación media completa. Es cierto que, en los hechos, se estimaba que había un par de millones de chilenos sin la educación media completa, y por tal motivo la democracia (¡horror!) había marginado a millones de chilenos de la elección municipal.

En Venezuela, lo vivido en los últimos días tiene dos componentes que se acercan al problema nuestro ya comentado. El primero fue la manifestación de un fraude, un dolo, un acto delincuencial, al que la democracia no pudo responder. En la elección presidencial última, simplemente Maduro se echó al bolsillo al 70% de los habitantes de su país y puso en jaque a todo el aparato administrativo superior de Venezuela, advirtiéndole que si él no continuaba en la presidencia, todos caerían en las mazmorras imperialistas. Y se instaló en el Palacio de Miraflores sin más ni menos.

Todos los gobiernos que habían recibido ayuda de Chávez y Maduro concurrieron a Caracas reconociendo la gobernanza de su compañero revolucionario. Ya no había ningún atisbo democrático. No había autoridad alguna que occidente reconociera y, lo más grave, la droga seguía matando a cientos de miles de jóvenes. ¿Tenía Trump la capacidad institucional de responder con un acto democrático la defensa de su juventud americana? Ninguna. Tenía que actuar y lo hizo.

Mario Ríos Santander

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