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Opinión

Socialismos del siglo XXI


 Por Mario Ríos Santander 

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Esto de que los trabajadores, pasan desapercibidos en la Convención Constitucional, no fue un asunto de mera casualidad. Los trabajadores en Chile no fue solo un asunto político-partidista, que inspiraron  unos 50 partidos políticos durante un siglo cuya presencia e importancia, marcó a miles de dirigentes políticos. En los hechos fueron la primera fila de cualquier revolución, huelgas eternas o tomas de cualquier cosa en el país. Sindicatos, federaciones, centrales nacionales, dieron vida a un conjunto de dirigentes laborales de excepción. Todo el país conocía el nombre del presidente de la CUT, de aquel otro, presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre, del presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales, de correos, cuero y calzado, muy potente, de empleados bancarios, en fin, todas organizaciones laborales poderosas. Hasta que de pronto, sus mismos logros laborales, sumado a políticas desarrollistas y exitosas, hizo que acrecentaran sus bienes, fortalecieran sus familias, y sus hijos, ingresaran a las universidades. Muchos, o todos esos jóvenes, eran primera generación con estudios superiores. Las Naciones Unidas investigan la realidad social chilena, y descubre dos asuntos cuya importancia sobrepasó toda otra alternativa social. El 76% de los chilenos se declaraba de Clase Media y el 71% de los jóvenes, ubicados en los 18 y 35 años, afirmaron, “Estar mejor que sus padres” y  sus expectativas superaban por mucho a las que sus padres pudieron haber tenido.

Lo anterior dio la pauta a este crecimiento espectacular de Chile desde 1985 hasta el 2015. Treinta años de sostenido progreso. ¿Y en lo político?, si bien no renegaron absolutamente de sus antiguos aliados, socialistas en sus diversas denominaciones, demócratas y otros, su condición familiar y las responsabilidades que surgían de este desarrollo, los llevaron a ser propietarios de su casa, convenir nuevas formas de recreación familiar, acoger este crecimiento comercial y de servicios, que dotó al hogar de satisfacciones materiales, dando vida a nuevas formas de convivencia familiar. Entonces el colectivismo prometido, que nunca llegó y las revoluciones fracasadas, entregó al trabajador visiones de una nueva realidad. Los comunistas pasaban del “obrero explotado” al “indígena colonizado”. Los trabajadores se habían “aburguesado”, estaban felices con su casa propia y su mujer, con mayor libertad, trabajaba en algún retail, con su hija mayor, sumando entre todos, ingresos familiares que tempranamente superaban el millón de pesos mensuales.  Sábados y domingo, concurrencia a los templos cristianos. En realidad, el marxista puro, ya no tenía nada que hacer con los trabajadores. Surge, entre otros, Rigoberto Lanz, sociólogo venezolano, actor principal del pensamiento científico, umbral latinoamericano del marxismo post moderno, quien proclama que, “la clase obrera seguirá siendo fundamental pero… no constituirá una fuerza hegemónica”. Tal cuestión, continua Lanz, solo será revertida, “apostando duro por el impulso de prácticas subversivas que propaguen el efecto emancipatorio de las rupturas, los conflictos, de las contradicciones”, una suerte de caos institucional en que el indigenismo, pasa a ser figura principal. Y ahí estamos. Racionalismo puro, utopías ya conocidas. Chile, primer actor, su pueblo se siente sobrepasado en su naturaleza laboral. Al frente un plebiscito. ¿Volver? No. Claramente no. Rechazo, pareciera responder el trabajador.

Mario Ríos Santander 


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