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Opinión

Educación y plataformas digitales

“Me inspiran horror los elogios que están propagando los cantores de lo virtual, de la enseñanza telemática”. Nuccio Ordine.


 Por .Alejandro Mege Valdebenito.

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De todas las definiciones de educación que conozco (tanto de la RAE, como de  distintas personalidades a través del tiempo) y del ejercicio de la docencia directa por seis décadas, la que  más me identifica es aquella a la que he concluido:  “La educación es un proceso transversal de formación humana integral que afecta  la incorporación y desarrollo de hábitos y valores de sana convivencia, fraternidad y honestidad, unida al fortalecimiento de la voluntad, el carácter y la conciencia ciudadana”.

Como se puede apreciar, esta definición no habla de la suma de conocimientos (importante, por cierto) y   de materias para cuantificar los saberes acumulados; le interesa menos el almacenamiento y la capacidad para reproducir la información que cualificar  el ser persona  con  principios y valores  de sana convivencia, de fraternidad y honestidad, con identidad propia y clara consciencia de los deberes y derechos que cada uno tiene cuando forma parte de una sociedad y establece la distinción entre el sentido clásico dado a la educación, que se caracterizaba por la búsqueda de la verdad, la formación del carácter y la educación moral de los estudiantes, que consideraba tan importantes como la formación académica y que difiere de lo que es solo instrucción, concepto que, equivocadamente, suele usarse como sinónimo de educación. Es, a través de esa educación –afirmaba Aristóteles- con la que se consigue el desarrollo perfecto del hombre y la sociedad.

Seguimos pensando que, si en nuestros sistemas educativos, formales, no formales e informales, la escuela y el Estado, la familia y la sociedad no hubieren abandonado  cada uno sus respectivas responsabilidades en la educación formativa de las actuales y generaciones seguramente seríamos una sociedad, por lo menos un poco más sana, sin tanta discriminación ni injusticia social, más solidaria, con menos delincuencia, deshonestidad y malversación de los recursos públicos, con mayor respeto por el otro y los bienes comunes, desvalores  éstos que cruzan transversalmente todos los niveles sociales; sin que el pragmatismo materialista de las distintas llamadas “calidades” de la educación que hoy tenemos hayan contribuido a mejorar ni hacer posible que la promesa política del “bien común” se haya hecho realidad.

En época de pandemia, el uso de las plataformas digitales en educación se ha transformado en una necesidad  para continuar atendiendo de alguna manera el proceso educativo, hecho que ha constituido un desafío mayor para los alumnos, las familias y los profesores, siendo los más afectados en esta relación virtual los estudiantes de los primeros niveles del sistema educativo formal por haber perdido lo que es tan esencial en los primeros años de enseñar y aprender, la cercanía de una comunicación cara a cara en una relación afectiva y orientadora, donde es posible observar el entusiasmo o la apatía, la alegría o la tristeza de los rostros infantiles, sus gestos de agrado o desagrado, su cansancio, sus dudas e interrogantes, así como la añorada cercanía física y emocional  de sus iguales, más aun cuando  la neurociencia nos ha enseñado que los contenidos que se tratan en una clase, generalmente resultan ser solo “información”, más no “aprendizaje”, que el aprender no se radica solo en la comunicación entre un cerebro (el docente) y otro (el alumno), sino que entre la totalidad física, psicológica, fisiológica y emocional de una persona que le permite transformar la información que recibe en aprendizaje con capacidad para convertirla en conductas positivas y facultarla para seguir aprendiendo.

Tanto como enfrentar la pandemia, la virtualidad de la educación ha resultado una tarea dura para la cual como sociedad no estábamos preparados, especialmente para los estudiantes que no cuentan con los medios tecnológicos necesarios para acceder y participar con cierta normalidad e igualdad en el proceso educativo, situación que demuestra – lo que ya sabemos- el efecto que tiene la diferencia socioeconómica  entre los estudiantes que impacta en los resultados de la educación.

Aceptando que la virtualidad en las relaciones y acciones humanas está instalada y en progreso, será necesario prepararse, como familia y sistema escolar, para elaborar un tipo de educación a lo menos híbrida entre lo virtual y lo presencial, sin abandonar la relación humana directa y vital ya que ninguna plataforma digital puede reemplazar la educación que se da entre personas que enseñan y las que aprenden y se forman integralmente como individuos criteriosos que usen la tecnología para bien, pero no para someterse a ella como una humanidad que se robotiza.

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