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Opinión

El año que termina


 Por La Tribuna

Alejandro Mege Valdebenito.

La antigua costumbre de celebrar la llegada de un nuevo año, tradición que nace de un festival babilónico de hace más de 4.000 años, que estaba asociado a la ocurrencia de fenómenos naturales y de procesos sociales que provocan impactos en la vida de las personas, que se celebra en todas las culturas y que se expresa en manifestaciones de  buenas intenciones y mejores deseos de que el año que se inicia sea más venturoso que el que termina. Para algunos es dejar atrás un tiempo que no se quisiera volver a vivir; un quiebre con el pasado y la esperanza de un nacer de nuevo el primer día de enero para que el fracaso sufrido se esfume y el futuro se ilumine ya que siempre el ser humano tiene la oportunidad de empezar de nuevo cuando se hace el firme propósito de cambiarse a sí mismo y se compromete a no fracasar en el intento y para cumplirlo todos tenemos a nuestra disposición los 365 días del nuevo año para hacer en ese tiempo, para sí mismo y los demás, lo que verdaderamente importa. Para otros, el año que se inicia permite el recuerdo de las cosas positivas, bellas y  felices que se vivieron, que se atesoran y que se quiere mantener y acrecentar en el camino de la vida que aún queda por recorrer y para lograrlo el proceso debe hacerse con la conciencia tranquila, cálido el corazón, blancas las manos y sellado con el sentimiento de humana hermandad a flor de piel expresado en el abrazo cálido y fraternal al desear al otro de nuestros iguales un ¡Feliz año nuevo!

El año que termina ha sido para nuestra sociedad un período de tiempo que no ha sido fácil, oscuro, doloroso y lleno de miedos que, de una u otra manera, ha fracturado nuestra convivencia, hecho perder las confianzas, sobrepasada la autoridad y el orden público, debilitada la justicia, cedido los espacios privados y públicos a la delincuencia, remecida la economía con pérdida de fuentes laborales; violentados los derechos humanos y pisoteados los valores más básicos que son el andamiaje que sostiene a una  sociedad que los requiere y necesita para vivir  en justicia y en paz. Aun así, frente a un panorama que resultaba desolador con temores e incertidumbres, la mayoría de las mujeres y hombres buenos, honestas ciudadanas y ciudadanos, que son muchísimo más que la porción de antisociales que nada aportan ni construyen, fortalecen su espíritu en momentos aciagos con la firme decisión de construir un país distinto, hacerlo diferente como hacer también diferente, más humana, más justa e inclusiva la vida personal y social.

Contribuye a la reflexión sobre la construcción de una sociedad futurible, la participación ciudadana que incorpora a los jóvenes mayores de 14 años en un ejercicio pedagógico de preparación para la vida democrática que han realizado la mayoría de los  municipios del país donde padres, junto a sus hijos en edad de sufragar se pronunciaran sobre materias como la necesidad o no de una nueva Constitución, así como de educación, salud y gestión municipal, entre otras, que hicieron a los ciudadanos  sentirse considerados como parte importante de la sociedad. Proceso cívico inédito que, sin la presencia ni el control de las fuerzas armadas y de orden, más allá de las dificultades para realizarlo, de las críticas de algunos, es el anuncio que el nuevo año será diferente y que después de la tormenta social vendrá la calma, la paz, la justicia y el progreso.

Bien por la iniciativa de los municipios y bien ido el año que termina así como bienvenido el Nuevo año que se inicia donde la realización de los sueños posibles depende también de cada uno de nosotros.

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