viernes 23 de agosto, 2019

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Opinión

La ciudad en que vivimos

Alejandro Mege Valdebenito


 Por Sebastián Carrizo

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Aún como profano en  materia de arquitectura y desarrollo urbano, no deja de preocuparnos el conocer la información entregada en el Atlas de Bienestar Territorial de la recién creada Corporación Ciudades con el respaldo de y la Cámara Chilena de la Construcción que, en un estudio realizado a 22 ciudades considerando una serie de 10 indicadores como accesibilidad, áreas verdes, colegios y centros culturales, ubicó en el primer lugar del estudio Bienestar del Entorno Urbano a la ciudad de Concepción y a Los Ángeles en el  último lugar.

La Corporación Ciudades tiene como objetivo llamar a la comunidad a realizar en conjunto una redefinición de la ciudad con el fin de elevar el nivel de bienestar de las ciudades chilenas considerando antecedentes demográficos, planificación urbana, vivienda, telecomunicaciones, cambio climático, medios de movilización, inversión e índices de bienestar territorial para promover políticas públicas.  

Asociamos esta información con la que nos entregara hace un par de semanas el arquitecto Osvaldo Cáceres González sobre la escuela de arquitectura, diseño y artesanía, conocida como Bauhaus, fundada en 1919 en Alemania y cuyo principio era “La forma sigue a la función”, en una unión entre el uso y la estética, el que interpretamos (que los expertos nos disculpen) como: la “función” del desarrollo urbano es atender la necesidad de bienestar de la población, su calidad de vida en un entorno urbano amigable, a la que debe responder la “forma” cómo se logra y, sumamos, cómo se mantiene.

Sabemos de la preocupación y el empeño de las autoridades locales sobre esta materia, así como del Consejo Urbano de Los Ángeles; sin embargo, alcanzar el bienestar de vida en una ciudad como la nuestra es un tema que compete a todos los ciudadanos y a las distintas instituciones y organizaciones que la componen.

Nuestra primera reacción al conocer la información que ubica a Los Ángeles en el último lugar del promedio nacional de bienestar urbano fue negarnos a reconocer tal calificación, sin embargo tuvimos que reconocer, muy a nuestro pesar, que hay razones para ello. Es cuestión de caminar por las calles, especialmente de los barrios, y encontrarse con veredas destrozadas por estacionar en ellas vehículos de mayor peso del que la estructura permite (¿Será posible una ordenanza municipal que sancione a quienes destrozan la vereda en que estacionan su vehículo o la cruzan para guardarlo?); basura por todos lados por negligencia de los moradores que no las depositan en lugares adecuados; congestión vehicular caótica y enervante en determinados horarios; dificultad para acceder a los servicios públicos especialmente para quienes viven en la periferia de la ciudad; falta de áreas verdes y recreación. En fin. El lector podrá agregar unas cuantas más.

Es cierto, estamos muy lejos de ser una ciudad acogedora y amable para quienes vivimos en ella y para quienes nos visitan, revertir esa situación es tarea que no corresponde solo a las autoridades y a los organismos públicos y privados, también a quienes solo la usan y que miran con ajena indiferencia lo que ocurre en ella.


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