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Opinión

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia Mc 12,38-44

   + Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por La Tribuna

09-11-2018_20-00-301__obispobacarreza

El Evangelio de este Domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta a Jesús ya en Jerusalén y, más aun, en el templo. El episodio que leemos está introducido con estas palabras: «Enseñando en el templo, Jesús dijo» (Mc 12,35). Sabemos que el evangelista Marcos nos ofrece poco material didáctico de Jesús, fuera de las parábolas y de las respuestas a situaciones que le presentan, a diferencia de Mateo que nos ofrece cinco discursos de Jesús bastante extensos. El más importante es ciertamente el Sermón de la Montaña (Mt 5,2—7,27).

¿Cuál es esa enseñanza que expuso Jesús en el templo? En el desarrollo de su Evangelio ya Marcos nos ha presentado un contraste entre el hombre rico que, esclavizado por sus riquezas, no pudo seguir a Jesús, y el mendigo ciego Bartimeo, que se desprendió incluso de su manto, que era todo lo que tenía, para seguirlo. También, en esta enseñanza nos presenta Jesús un contraste entre dos situaciones. La primera está introducida con este mandato: «Guárdense de los escribas…»; la segunda, en cambio, «llamando a sus discípulos» les indicó una viuda pobre como ejemplo a imitar.

«Guárdense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas con el pretexto de largas oraciones». En el tiempo de Jesús –y en todas las épocas– la vestimenta indica el rango social de la persona. El «amplio ropaje» era una vestimenta de honor. Es lo que gusta a los escribas. Les gusta que los saluden en las plazas con reverencia –en el lugar paralelo, Mateo aclara: «que la gente les llame "Rabbí"»–, quieren ocupar los puestos de honor en las sinagogas y en los banquetes. Es la vanidad intelectual, que es la que tienen quienes se sienten superiores a los demás por su ciencia. Jesús manda a sus discípulos guardarse de esa vanidad.

La más grave es, sin embargo, la vanidad espiritual, que consiste en sentirse superior a los demás en santidad. Jesús critica la actitud de quienes, con el pretexto de hacer largas oraciones, como personas muy devotas, esperan recibir abundante compensación. Jesús dice de ellos: «devoran las casas de las viudas». Sobre ellos, asegura: «Tendrán un juicio más riguroso».

Esta misma enseñanza contra la ostentación la expresa Jesús en el Sermón de la Montaña: «Cuidense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres… cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos por los hombres… Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,1.2.5.6).

Sobre quienes tienen ese deseo de ser apreciados por los hombres como personas santas, Jesús enseña en otro lugar: «Ustedes son los que se las dan de justos delante de los hombres; pero Dios conoce el corazón de ustedes; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,15). La oración que se hace con ostentación es abominable ante Dios. Cambia el amor a Dios «con todo el corazón…» por el amor a sí mismo. Es cierto que no todos los escribas caen en esta hipocresía. En efecto, a un escriba, que celebró a Jesús por su respuesta sobre el mandamiento del amor, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34).

La segunda enseñanza de Jesús toma pie de un hecho real: «Jesús se sentó frente al arca del tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del tesoro: muchos ricos echaban mucho». Pero esto deja a Jesús indiferente: hacen su limosna para ser vistos. «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as». Esto impactó a Jesús, que no quiso dejar pasar la ocasión de destacarlo: «Llamando a sus discípulos, les dijo: “En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca más que todos los que echan”». Es necesario explicar qué medida aplica Jesús para afirmar eso, pues Él mismo veía que «muchos ricos echaban mucho», en tanto que ella ha echado –convertido a nuestra moneda de hoy– dos monedas de $ 100 pesos. ¡Ella ha echado más según la medida del amor! Ella ha amado a Dios con todo su corazón. Así lo explica Jesús: «Todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de su pobreza todo cuanto tenía, toda su subsistencia».

Esta viuda pobre nos ha mostrado cómo se puede cumplir el mandamiento del amor a Dios «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas» (Mc 12,30). Ella amó a Dios con esa totalidad. Quiso contribuir al culto que se debe a Dios con todo lo que tenía. Este es el amor que quiere ver Jesús en sus discípulos. Por eso, les señala como ejemplo a esa viuda pobre.

¿Fue imprudente ella dando al templo todo lo que tenía para vivir? Probablemente, ella conocía el episodio del libro de los Reyes en que el profeta Elías, a una viuda pobre de Sarepta, que no tenía más harina y aceite que para hacer un pan para ella y su hijo y luego morir, le pide: «Antes, haz para mí una pequeña torta y tráemela». ¿Es un abuso del profeta? ¡No! Es una actuación profética inspirada por Dios. Por eso agrega: «Así dice el Señor, Dios de Israel: el cántaro de harina no quedará vacío, ni la alcuza de aceite se agotará…» (1Rey 17,14). La viuda de Sarepta creyó e hizo como Elías le pidió; y la profecía se cumplió. Así ocurre también con la viuda pobre que impactó a Jesús por la totalidad de su amor. En ella ciertamente se cumplió la enseñanza de Jesús sobre la confianza en la Providencia divina: «Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y el Padre celestial de ustedes las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?… Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura» (Mt 6,26.33). Podemos estar seguros de que Dios la recompensó abundantemente.

Esa mujer nunca supo que su gesto oculto fue notado por Jesús y que quedó consignado en el Evangelio para ejemplo de todas las generaciones de cristianos. Esto nos enseña el inmenso valor que tienen a los ojos de Dios nuestros pequeños actos ocultos de amor.

                                                                      

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