miércoles 16 de octubre, 2019

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Opinión

En el mundo futuro recibirá la vida eterna Mc 10,17-30

+ Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por LESLIA JORQUERA

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Observábamos en el comentario al Evangelio del domingo pasado que el evangelista Marcos presenta los eventos narrados por él en el capítulo X de su Evangelio como una enseñanza de Jesús: «De nuevo vinieron donde Él las multitudes y de nuevo, como era su costumbre, les enseñaba» (Mc 10,1). Se trata de enseñanzas formuladas con ocasión de un hecho de vida. A los fariseos que le preguntaban si es lícito al hombre repudiar a su esposa y casarse con otra, enseña: «Ya no son dos, sino una sola carne. No separe el hombre lo que Dios ha unido» (Mc 10,8-9). A los discípulos que reñían a los niños que se acercaban a Él, enseña: «De los que son como niños es el Reino de Dios. En verdad les digo: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,14-15).

Un tercer episodio de ese capítulo se nos presenta en este Domingo XXVIII del tiempo ordinario. El evangelista introduce la narración imprimiéndole urgencia: «Cuando Jesús se ponía en camino, corrió uno hacia Él y, arrodillándose ante Él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”». Los gestos de ese hombre son bastante extremosos: en ese contexto cultural correr no era considerado digno de un hombre respetable y, menos aún arrodillarse. Tampoco convenció a Jesús el modo como se dirige a Él. El título «maestro (rabbí)» era ya un signo de gran honor y Jesús lo acepta. Pero «maestro bueno» le pareció excesivo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios». Probablemente Jesús pensaba en el Salmo 110, que era usado para introducir el culto: «Entren por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; dénle gracias, bendigan su Nombre, porque el Señor es bueno, su misericordia es eterna y su fidelidad de generación en generación» (Sal 100,4-5).

Es claro que ese hombre cree en la vida eterna, es decir, una vida sin fin después de esta vida terrenal. Su pregunta es sobre lo que tiene que hacer para poseerla. Habla de «heredarla», porque, después de hacer eso que Jesús le diga –así piensa él–, le corresponderá recibirla como un derecho adquirido.

Jesús le recuerda lo que está mandado por Dios a todo ser humano, en cuanto inscrito en su propia naturaleza: «Sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». La conversación habría terminado allí, si el hombre no hubiera ido más allá: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». No insiste en llamarlo «bueno»; pero insiste en preguntarle por lo que tiene que hacer él en particular, diríamos «su vocación». Y esto despierta el interés de Jesús, que no puede dejar de responder a esa petición: «Fijando en él su mirada, Jesús lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”». La respuesta a su consulta está dada; eso es lo que tiene que hacer: seguir a Jesús. Jesús captó que era un hombre rico y que, para seguirlo a Él, que ya se ponía en camino, tenía que cortar con todo lo que lo atara. Por eso le habla del modo cómo podía traspasar esa riqueza de la tierra al cielo: «Dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo».

Se habría esperado un fin feliz y que ese hombre, dado el amor con que Jesús lo miró y lo llamó, quedara ante toda la historia inscrito como uno de sus grandes apóstoles. En cambio, se produjo un desenlace, tal vez de los más dolorosos del Evangelio: «Abatido por esta palabra, el hombre se fue triste, pues tenía muchas posesiones». Sus discípulos fueron testigos silenciosos de este diálogo y del rechazo sufrido por Jesús. Entonces, Él se dirige a ellos y los instruye diciendo: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Y agrega una comparación visual para ilustrar esa verdad: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja».

Las riquezas, que nosotros llamamos «bienes», en realidad, son ambiguas. Para ese hombre rico, en lugar de «bienes» fueron «males», porque le impidieron «heredar la vida eterna», como él quería. Por eso, no es buena la traducción que dice: «Tenía muchos bienes». Era un hombre religioso, que ya cumplía los mandamientos; pero estaba atado y no pudo romper esa atadura.

Esta enseñanza sobre las riquezas era nueva. Para los discípulos ser rico era un signo de la bendición de Dios. Por eso, asombrados, preguntan: «¿Quién puede, entonces, ser salvado?». La respuesta de Jesús es clara: «Para los hombres es imposible». Pero agrega: «No es imposible para Dios. Todo es posible para Dios». La salvación, es decir, la posesión de la vida eterna es un don gratuito de Dios. No es posible para el ser humano, porque supera todo lo imaginable por él y todo lo que puede obtener con su esfuerzo; no se mide con nada humano. Lo dice así San Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman» (1Cor 2,9). El hombre rico amaba sus riquezas más que a Dios.

Concluye Jesús con una enseñanza que expresa el modo de recibir de Dios la vida eterna: «En verdad les digo: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno, ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo futuro, vida eterna». Esto era lo que el hombre quería y que perdió. Así se recibe. Es promesa de Jesús.

                                                                   

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