viernes 15 de noviembre, 2019

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Los entretelones del triple homicidio cometido por la Yoly


 Por La Tribuna

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Por Juvenal Rivera

Más de mil personas se arremolinan en el frontis de la casa signada con el número 768 de la calle Colón, dentro del radio céntrico de Los Ángeles. Un fuerte resguardo de Carabineros procura contener a una multitud enardecida que vocifera hacia la mujer que está al interior de la vivienda: ¡Que la maten! ¡Muestra la cara, asesina! ¡No mereces vivir!

Es la mañana del 23 de noviembre de 1978 y la mujer al interior de esa casa es Florinia Yolanda Campos Beroíza, la Yoly. Ahí, acompañada del juez Guillermo Silva, titular del Segundo Juzgado del Crimen que llevó el caso, entrega los detalles de cómo perpetró uno de los hechos de sangre más violentos y sinsentido de las últimas décadas en la ciudad.

Es que poco antes de la reconstitución de escena ordenada por el magistrado, la Yoly – con 19 años y de aspecto opaco y distante-  declara ser la única responsable de triple asesinato ocurrido en la madrugada del 17 de noviembre y que cuesta la vida de Liliana Olivares (40 años), y del hijo de ésta: Claudio, de solo cuatro años. También de Virginia Pérez Vazarte (79) quien queda herida de gravedad y fallece días después en el hospital regional de Concepción. Herido de gravedad queda Álvaro (3 años).

En un extraño episodio de compasión – o lucidez – en medio de esa locura de horror y sangre, Felipe, de 7 años, salva sin lesiones. Según el testimonio de la mujer, “Felipe me habló diciéndome que no lo matara porque me quería mucho. Le dije que se acostara y se tapara. Él me obedeció”.

Mientras ella presta declaraciones en el tribunal, una horda enfurecida de unas 2 mil personas – según la prensa de la época – se aposta en las afueras para enrostrarle tamaña brutalidad. Lo mismo en la reconstitución de escena en la casa de calle Colón. Los medios se hacen eco del suceso policial y no escatiman en adjetivo: “la empleada asesina” o “la fiera”. Sin embargo, pasaría a la historia de Los Ángeles simplemente como “la Yoly”, sindicada como la autora de un triple homicidio en la ciudad.

Florinia Yolanda Campos Beroíza no era una desconocida en esa casa de calle Colón. Entre el 7 y el 14 de noviembre (una semana antes de perpetrar el crimen), ella trabajó como asesora del hogar bajo las órdenes de Liliana Olivares, empleada de la tienda Sodimac de Los Ángeles.

Sólo duró una semana. Aparentemente, fue despedida al descubrirse que robó algunas especies de valor. Sin embargo, otras versiones apuntan a que la empleada se molestó y renunció cuando se le negó el permiso para salir.

En una noche lluviosa de noviembre, una semana después, la Yoly afirmó que, sin ayuda de nadie, trepó los muros de dos casas vecinas hasta llegar por la parte posterior a la casa donde trabajó por siete días. Pacientemente, esperó a que los niños y la mujer se quedaran dormidos. Tuvo la precaución de quitarse los zapatos para evitar ruidos en el piso de madera. Luego, con el amortiguador de una citroneta, la emprendió en contra de sus víctimas. A la mujer y a la anciana las remató a cuchillazos.

Una vez que se acallaron los gritos y sollozos, la mujer bebió varios tragos de aguardiente. Después, hurgó en toda la casa buscando ropa, joyas y dinero. De hecho, cuando fue capturada cuatro días después en la vecina localidad de Santa Fe, vestía las ropas de su ex empleadora.

El crimen quedó al descubierto recién en la mañana del día siguiente cuando un trabajador de la tienda Sodimac llegó hasta la casa de la calle Colón 768 y golpeó insistentemente en la puerta. Recién en ese momento, el niño de 7 años salió de la cama donde estuvo oculto, abrió la puerta y aún impactado, diría que su mamá y sus hermanos estaban muertos.

Su crimen no tiene parangón en la historia criminológica reciente de Los Ángeles. Aunque ha habido otros asesinatos de alta connotación pública, como el de las profesoras en Cuñíbal en diciembre de 1966 o el del descuartizado de Semana Santa en 2011, este hecho de sangre alcanza ribetes de mayor crueldad porque dos de las víctimas eran niños de sólo 4 y 3 años de edad.

A lo anterior se suman las declaraciones a la prensa de Osvaldo González, padrastro de la joven, quien afirmó que ella “siempre fue mala”. Según su testimonio, la Yoly era “desordenada y niña problemática”, razón por la cual dejó el hogar familiar siendo muy pequeña.

Debido al crimen, también hubo una sicosis colectiva en Los Ángeles. Se instaló el miedo en la población y muchas dueñas de casa despidieron a sus empleadas por el miedo a que las pudieran atacar.

Pese a tener sólo 19 años, Yolanda Campos ya se había casado y se había separado, relación de la cual nacieron dos hijos. Cuando cometió el crimen, estaba embarazada de un tercer hijo. Sin embargo, de acuerdo a los informes policiales de ese tiempo, la mujer ya sumaba varias detenciones, incluida dos condenas por delitos menores.

LAS DUDAS

Pese a que la mujer fue condenada a 20 años de presidio por ser la única responsable del triple homicidio, siempre hubo dudas acerca de su versión de los hechos. Es que la Yoly, sólo contaba con un par de condenas a su haber y al momento del crimen, tenía un embarazo de tres meses.

De hecho, en sus primeras declaraciones, la Yoly involucró a dos hombres como co-autores del crimen. Los efectivos policiales los capturaron con rapidez y los sometieron a intensos interrogatorios. Sin embargo, pronto la mujer deslindó la responsabilidad de los sospechosos y afirmó ser de la única involucrada en los hechos.

No obstante, lo que abrió paso a las conjeturas ocurrió durante la reconstitución de escena. Puntualmente, ella sostuvo que esa noche saltó los muros de las casas contiguas para llegar a la vivienda de la familia Olivares, pero cuando debió hacerlo en el procedimiento ante el juez y los investigadores, simplemente no pudo. Tuvo que ser ayudada por un funcionario policial para saltar la pandereta.

Lo otro es la violencia aplicada con el amortiguador de la citroneta. Dada la fuerza de los golpes y la esmirriada contextura física de la Yoly, se puso en duda que fuera capaz de hacerlo.

Pese a esos reparos, la Yoly fue rápidamente condenada a 20 años de presidio. Aunque existía la pena de muerte, su embarazo habría descartado esa sentencia.

A mediados de los años ’90, fue buscada por el periodista Carlos Pinto, productor del programa Mea Culpa para contar la historia, con su relato de por medio, pero la Yoly no fue habida. Hacía poco que a ella se le había otorgado el beneficio carcelario de la salida dominical pero un día simplemente no llegó.

Si hubo o no ayuda y cuáles fueron sus motivaciones, sólo Florinia Yolanda Campos Beroíza lo sabe.

Por cierto, ella aún está viva.

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