Crónica Ciudadana

Cuando el trabajo no llega: el costo invisible de la cesantía prolongada

La falta de empleo no solo golpea el bolsillo. Detrás de cada cifra de desempleo existen personas que ven alteradas sus rutinas, proyectos, relaciones familiares, autoestima y sentido de pertenencia.

Desempleo en Chile, Pixabay
Desempleo en Chile / FUENTE: Pixabay

Más allá de las cifras de desempleo, detrás de cada persona que lleva meses buscando una oportunidad existe una historia marcada por la incertidumbre, proyectos postergados y, en algunos casos, una profunda transformación de la identidad y las relaciones sociales.

Durante meses, Benjamín Flores Escobar ha aprendido a convivir con una rutina que no escogió. Tiene 24 años, es egresado de Tecnología Médica, mención Imagenología y Física Médica, de la Universidad de Concepción, y hace más de un año que intenta encontrar un empleo que le permita comenzar a desarrollar profesionalmente aquello para lo que se preparó.

En este tiempo ha enviado currículums a distintos establecimientos y ha buscado oportunidades tanto presencialmente como a través de plataformas digitales. Ha mirado ofertas en distintas zonas del país y ha aceptado trabajos que han significado alejarse cientos de kilómetros de su hogar. Sin embargo, la estabilidad no ha llegado.

Las respuestas, cuando aparecen, tampoco necesariamente significan un contrato permanente. Una parte importante de las oportunidades que ha encontrado corresponde a reemplazos, mie

ntras que los cargos más estables concentran una alta competencia.

"He hecho solamente dos reemplazos y ambos fueron como a 800 kilómetros de mi hogar, con desconocidos completamente. Entonces yo creo que Aysén ya, en este punto de mi vida, lo veo completamente como una opción y es factible. Si me ofrecen ese tipo de trabajo, yo creo que por la experiencia, todo lo vale", relata.

MUCHO MÁS QUE PERDER UN SUELDO

La historia de Benjamín permite observar desde una experiencia concreta aquello que las estadísticas suelen resumir en un porcentaje. El desempleo puede medirse en cifras, pero sus efectos se despliegan en la vida cotidiana de quienes permanecen durante meses buscando una oportunidad que no llega.

Y cuando la espera se extiende, el problema deja de ser solamente económico.

Para Carmen Acuña, socióloga y académica de la Escuela de Educación de la Universidad de Concepción, Campus Los Ángeles, el empleo cumple funciones que van bastante más allá de proporcionar ingresos.

"Desde la sociología, la cesantía no se ve únicamente como una ausencia de un ingreso económico. El empleo es una dimensión tremendamente importante en la vida de una persona, porque a través del empleo nosotros organizamos nuestra vida, nuestra vida cotidiana", explica.

El trabajo permite cubrir necesidades básicas, pero también establece horarios, responsabilidades, proyectos y relaciones. Es una estructura alrededor de la cual las personas ordenan buena parte de su existencia.

Por eso, cuando desaparece, también se modifica la manera en que se vive el día a día.

"Cuando una persona pierde su trabajo, también afecta o tiene que ver con la identidad. Por ejemplo, una persona se siente tremendamente identificada con lo que yo soy: profesor, yo soy médico, yo trabajo en una industria, en una empresa, en el transporte", señala Acuña.

La pérdida del empleo puede significar, entonces, una pérdida parcial de identidad y reconocimiento. El trabajador deja de ocupar un espacio que antes le entregaba una sensación de utilidad, pertenencia y valoración social.

A ello se suma el debilitamiento de las relaciones que se construyen en torno al trabajo. Compañeros y compañeras, vínculos cotidianos y redes que forman parte de la vida de una persona pueden comenzar a desaparecer cuando esta deja de asistir diariamente a un lugar.

"Uno a través del empleo, del trabajo, tiene redes, tiene compañeros, compañeras, hay vínculos que cuando tú dejas de trabajar, entonces, ¿qué haces antes? Tú te empiezas a alejar".

 Socióloga y académica de la Escuela de Educación de la Universidad de Concepción, Carmen Acuña.

En consecuencia, la cesantía prolongada puede convertirse también en una experiencia de exclusión. No necesariamente porque la persona deje de tener ingresos de manera absoluta, sino porque comienza a perder espacios de participación y reconocimiento.

"Entonces, aquí hay un concepto que es bien importante, que es el de la exclusión. La exclusión no tiene que ver solamente con algo económico", advierte.

CUANDO LA CESANTÍA SE CONVIERTE EN UN PROBLEMA SOCIAL

La situación adquiere otra dimensión cuando el desempleo deja de ser un episodio puntual y pasa a estar asociado a condiciones estructurales del mercado laboral.

Acuña diferencia entre una situación individual y un escenario donde las posibilidades de encontrar trabajo están condicionadas por factores que superan las decisiones o capacidades personales.

"Es un problema social cuando hay condiciones estructurales, hay condiciones macro, que ya entonces están afectando. Es decir, ya no pasa por una decisión individual, sino que hay una situación, por ejemplo, en la estructura económica o de territorio o política", sostiene.

En ese escenario, el esfuerzo personal puede no ser suficiente.

La consecuencia tampoco queda restringida a quien busca empleo. Cuando la persona es parte de una familia, la cesantía se transforma en una experiencia compartida. La preocupación por los gastos básicos, los estudios, la salud, el transporte o las deudas comienza a involucrar a todo el grupo familiar.

"Cuando una persona pierde su empleo, por ejemplo, si es el jefe de hogar o la jefa de hogar, hay una familia, hay un grupo humano que se ve impactado", explica la académica.

Incluso los proyectos familiares pueden quedar suspendidos. Estudios superiores, adquisición de bienes, tratamientos médicos o planes de vida pueden postergarse debido a la incertidumbre económica.

A nivel comunitario, un desempleo persistente puede traducirse además en menor consumo, mayor endeudamiento, migración en búsqueda de oportunidades y debilitamiento de los vínculos sociales.

"El desempleo puede incluso erosionar los vínculos sociales y por eso de ahí esta dimensión tan relevante", afirma.

LA DIMENSIÓN PSICOLÓGICA DE UNA ESPERA QUE SE PROLONGA

Desde la psicología, el foco se dirige también hacia los efectos emocionales que puede generar una búsqueda laboral extensa y frustrante.

Pablo Cea, profesor investigador de la Facultad de Psicología del Instituto de Bienestar y Desarrollo Socioemocional de la Universidad del Desarrollo, diferencia entre el impacto inmediato de perder un empleo y los efectos que aparecen cuando la cesantía se prolonga.

"La pérdida del empleo produce una reacción inmediata que es parecida al duelo, que es como de negación, de dificultad de aceptación", explica.

La situación cambia cuando pasan los meses y la persona continúa sin encontrar trabajo. "Es un poco distinto el tema de la pérdida del empleo, de que me quede sin trabajo, al desempleo sostenido", plantea Cea.

La incertidumbre comienza entonces a instalarse como una experiencia cotidiana. La persona puede sentirse paralizada, frustrada o cuestionar sus propias capacidades y mientras más se extiende la búsqueda sin resultados, mayor puede ser el desgaste emocional.

El especialista advierte que, de acuerdo con antecedentes que menciona de un estudio reciente de la Asociación Chilena de Seguridad y la Pontificia Universidad Católica, el riesgo de depresión y ansiedad aumenta significativamente entre quienes enfrentan desempleo sostenido.

Más allá de los porcentajes, Cea describe un fenómeno que puede comenzar de manera silenciosa: aislamiento, pérdida de vínculos, vergüenza y cuestionamientos sobre el propio valor.

"Hay un retraimiento por vergüenza, que es la sensación frente a tus familiares, tu señora, tu esposo, quien fuera, tu pareja, de que no me siento capaz o que no me siento capaz de sostener a los chiquillos".

  Profesor investigador de la Facultad de Psicología del Instituto de Bienestar y Desarrollo Socioemocional de la Universidad del Desarrollo, Pablo Cea. 

La persona puede comenzar a alejarse de sus amistades, especialmente de quienes continúan trabajando. Las actividades sociales que antes eran habituales pueden parecer difíciles de sostener por falta de dinero o por la propia sensación de incomodidad que provoca no tener empleo.

"Te tienden a aislar tus redes, ya no respondes, y a los amigos que están con trabajo están en otro mundo, quedas como en aislamiento, y los lazos ahí se debilitan", explica.

El problema es que ese aislamiento puede terminar dificultando todavía más la reinserción laboral.

CUANDO TAMBIÉN SE PIERDE EL ROL

El empleo entrega además un rol social. Una persona puede identificarse como profesional, trabajador, jefe de hogar o integrante de una organización. Al desaparecer esa actividad, aparece una pregunta más profunda: ¿quién soy ahora?

Cea plantea que la cesantía puede generar justamente una crisis de identidad.

"También el tema de incertidumbre económica y otras, te puede llevar a una crisis como de identidad, de preguntarte, ¿quién soy? ¿Cuál es la diferencia entre yo, entre mi ser y lo que yo hago?", señala.

La pérdida de rutinas también juega un papel importante. La hora de levantarse, trasladarse al trabajo, almorzar, terminar la jornada o relacionarse con compañeros desaparece. El tiempo cotidiano deja de estar organizado de la misma manera.

"Antes, el ir al trabajo te marcaba una hora de levantarte, una hora de almorzar, una hora de cerrar, y una serie de costumbres que se pierden", explica.

A esto pueden sumarse irritabilidad, ansiedad, dificultades para dormir, cambios en el apetito y pensamientos negativos recurrentes.

En situaciones más complejas pueden aparecer conductas de riesgo, como abuso de sustancias, automedicación o sobreendeudamiento, en un intento por enfrentar la angustia o mantener las condiciones de vida anteriores.

Por ello, el psicólogo sostiene que existen señales a las que tanto la persona desempleada como su entorno deberían prestar atención.

Entre ellas menciona cambios abruptos en el sueño o el apetito, irritabilidad permanente, aislamiento, pensamientos catastróficos sobre el futuro, rumiación constante y un marcado decaimiento.

"Cualquier trastorno fisiológico, de falta de apetito, o apetito extremo, cualquier cambio abrupto puede ser una señal importante", advierte.

EL DESEMPLEO TAMBIÉN TIENE ROSTRO FAMILIAR

La cesantía tampoco termina en la puerta de la casa. Cuando una persona pierde su principal fuente de ingresos, la incertidumbre puede instalarse en toda la familia.

Carmen Claudia Acuña explica que un padre o una madre sin trabajo puede transmitir preocupación a sus hijos, especialmente cuando existen proyectos educativos o familiares que dependen de esos ingresos.

La consecuencia puede ser una cadena de decisiones obligadas: postergar estudios, reducir gastos, contraer deudas o buscar oportunidades en otros lugares.

"Hay sentimientos de incertidumbre, de frustración, puede haber una sensación de injusticia social. Puede también existir la idea, esta sensación de inseguridad económica de los hogares", señala.

En algunos casos, la búsqueda de empleo también puede provocar desplazamientos geográficos. La persona o parte de la familia se traslada a otra ciudad o región para encontrar mejores oportunidades.

Benjamín conoce esa realidad de primera mano. Sus dos experiencias de reemplazo estuvieron a cientos de kilómetros de su hogar. Pese a la distancia, está dispuesto a volver a hacerlo.

"Hay que generar dinero de una u otra forma para poder subsistir", afirma.

Su testimonio refleja una disposición que suele acompañar a quienes enfrentan períodos prolongados de desempleo: aceptar condiciones laborales diferentes a las inicialmente imaginadas, trasladarse, reinventarse o incluso desempeñarse temporalmente en áreas distintas a aquella en la que se formaron. "Yo creo que viene más por el hecho de empezar a reinventarme", reconoce.

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