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La Tribuna
Columnista

La espera y el susurro en salud

Nicolás Saá Muñoz

Académico del Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

por Nicolás Saá Muñoz

Hay aprendizajes que no aparecen en ningún programa de estudios, pero que terminan sosteniendo toda una vida profesional. Uno de ellos es aprender a esperar. Vivimos inmersos en una lógica de inmediatez. Queremos respuestas claras, resultados rápidos, certezas. Nos hemos acostumbrado a pensar que avanzar significa necesariamente hacer algo. Pero la vida real, y muy especialmente la vida de quienes trabajamos en salud, se parece poco a ese ideal.

Los primeros cristianos tenían una palabra luminosa para hablar de esto: hypomoné. Solemos traducirla como paciencia o perseverancia, pero significa algo más profundo. Es permanecer. Permanecer bajo el peso de una situación sin huir de ella. Sostener la espera sin desfallecer.

El relato del profeta Elías en el monte Horeb (1 Reyes 19) siempre me ha parecido conmovedor. Elías espera encontrarse con Dios y todo parece anunciar una manifestación extraordinaria. Llega un viento tan fuerte que quiebra las rocas. Después, un terremoto. Luego, el fuego. Pero el texto repite algo desconcertante: Dios no estaba allí. Finalmente aparece aquello que el hebreo describe como qol demamá daqqá: algo así como «la voz de un silencio tenue».

Simone Weil comprendió muy bien esta relación entre espera y atención. Para ella, atender verdaderamente significa vaciarse por un momento de uno mismo para recibir al otro. La atención no invade ni se precipita. Espera. Y esa actitud tiene mucho que decirnos en Medicina. Escuchar a un paciente también exige suspender por un instante nuestras respuestas preparadas, nuestros algoritmos e incluso nuestra necesidad de resolver.

Carlos de Foucauld llevó esa intuición a su propia vida. Se sintió profundamente atraído por los años ocultos de Jesús en Nazaret: décadas de existencia corriente, sin discursos públicos, sin reconocimiento, sin resultados que mostrar. Comprendió que también allí podía existir una vida plenamente fecunda. Por eso eligió permanecer, incluso cuando los frutos de su propia vocación parecían invisibles.

Hay momentos en que la Medicina puede intervenir y otros en que debe aprender a acompañar. A veces, frente al sufrimiento, no tenemos una solución inmediata. Pero todavía podemos escuchar, mirar, sostener una mano, guardar silencio y permanecer.

En una sociedad obsesionada con la productividad, quedarse puede parecer poco. Sin embargo, quizá algunas de las dimensiones más profundas de la vocación nacen precisamente allí. Porque la confianza, el cuidado y la esperanza no siempre necesitan a alguien que tenga una respuesta. A veces necesitan, simplemente, a alguien que permanezca.

Nicolás Saá Muñoz

Académico del Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

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