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Columnista

Cuando el temporal no termina al salir de casa

Cyntia Segovia

Académica de Psicología, Universidad Andrés Bello

por Cyntia Segovia

Cada vez que un sistema frontal golpea a Chile, las imágenes se repiten: calles inundadas, árboles caídos, viviendas sin electricidad y familias enfrentando la incertidumbre. En el reciente temporal, el balance de Senapred informó 10 personas fallecidas, cuatro desaparecidas, más de dos mil damnificados y más de 104 mil personas aisladas entre Atacama y Coquimbo. Son cifras que reflejan la magnitud de la emergencia, pero dejan fuera otra realidad mucho más silenciosa: el impacto que estos eventos tienen sobre quienes, pese a todo, deben seguir cumpliendo con su jornada laboral.

Detrás de cada trabajador hay situaciones que rara vez aparecen en los noticiarios. Está la madre o el padre que sale de casa sin saber si sus hijos tendrán clases; quien deja solo a un familiar mayor que necesita cuidados; o la persona que conduce bajo la lluvia preocupada por llegar a salvo y por lo que ocurre en su hogar. Para muchos, el temporal no termina al llegar al trabajo; es precisamente ahí donde comienza otra fuente de tensión.

Quienes trabajamos en salud laboral sabemos que las personas no pueden desconectarse de sus preocupaciones familiares al iniciar la jornada, como si existiera un interruptor que separara la vida personal del trabajo. Cuando alguien sabe que su casa permanece sin electricidad, que un hijo está solo o que un familiar requiere apoyo, resulta muy difícil mantener la concentración. El cuerpo puede estar presente, pero la mente sigue en casa.

Ese conflicto entre las responsabilidades laborales y familiares constituye uno de los principales riesgos psicosociales del trabajo. No se trata solo de flexibilizar horarios o conceder permisos, sino de comprender que, en contextos de emergencia, las personas enfrentan una sobrecarga emocional que afecta su bienestar, su capacidad de atención y su desempeño.

Es precisamente en estas circunstancias cuando las organizaciones muestran su verdadera cultura. Hay jefaturas cuya primera preocupación es preguntar si el trabajador llegará a cumplir sus tareas. Otras comienzan la conversación preguntando cómo está su familia y qué apoyo necesita. Esa diferencia fortalece —o debilita— la confianza que las personas depositan en su lugar de trabajo.

La legislación chilena es clara al establecer que la seguridad y la salud deben prevalecer por sobre la continuidad de las labores. Sin embargo, ninguna norma puede resolver por sí sola la angustia de quien intenta cumplir con sus obligaciones mientras teme por la seguridad de quienes más quiere. Ese es el desafío que debemos abordar como sociedad.

El cambio climático hará que lluvias intensas, incendios y otros eventos extremos sean cada vez más frecuentes. Por ello, la conciliación entre la vida laboral y familiar dejará de ser un beneficio para transformarse en una estrategia de prevención de riesgos psicosociales. Así como las empresas cuentan con planes de continuidad operacional, también deberían desarrollar protocolos que permitan responder con flexibilidad, empatía y apoyo frente a estas situaciones.

Las personas no dejan de ser madres, padres, hijos o cuidadores cuando cruzan la puerta de su trabajo. Comprender esa realidad no solo hace a las organizaciones más humanas; también las vuelve más resilientes y mejor preparadas para enfrentar las emergencias que seguirán formando parte de nuestro futuro.

Cyntia Segovia

Académica de Psicología, Universidad Andrés Bello

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