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La Tribuna
Columnista

El rito y el ruido

Miguel Ángel Fernández

Subdirector Académico Faro UDD

por Miguel Ángel Fernández

Toda procesión chilena, la de La Tirana, la del Cuasimodo, las que cada pueblo dedica a su santo patrono, funciona porque cada participante acepta una disciplina que ninguno habría inventado solo. Hay un orden de avance, una jerarquía de los pasos, un momento para cada cosa, y un acuerdo tácito de que el sentido del rito está por encima del protagonismo de quienes lo ejecutan. Si un grupo decide tocar más fuerte, otro se siente obligado a responder. Si uno se adelanta, los demás se desordenan, y la procesión, que existía como acto colectivo cargado de significado, se transforma en aglomeración ruidosa donde nadie escucha ya lo que se vino a decir. El rito sigue ahí, en el papel. Lo que se perdió fue la disposición a habitarlo.

La primera cuenta pública de un mandatario pertenece a esa misma familia de actos. Es un rito republicano con un propósito específico: que el Presidente fije la agenda ante el Congreso Pleno, y que el sistema completo —oficialismo, oposición, prensa, ciudadanía— procese ese mensaje como punto de partida de la conversación pública. El rito funciona, igual que la procesión, cuando los actores aceptan que el sentido del acto está por encima de las ganancias individuales que cada uno podría obtener exagerando su papel.

Y ahí está el problema. Las dinámicas actuales del Congreso premian justamente lo contrario. Mil seiscientas indicaciones a un proyecto; cuarenta medidas empaquetadas en una sola ley, declaraciones diseñadas para circular en redes antes que para persuadir en sala. Cada actor responde de manera racional a los incentivos que tiene enfrente, sea ganar visibilidad, marcar diferencia o fidelizar a su base, y sin embargo el resultado agregado es que el rito se vacía. La cuenta pública anuncia prioridades que el sistema, por sus propias dinámicas, ya no procesa como tales.

Eduardo Frei Montalva enfrentó un Congreso donde tampoco tenía todo asegurado, y aun así sus Mensajes consiguieron funcionar como hojas de ruta efectivas. La diferencia no estaba en los votos. Estaba en que el sistema, oficialismo y oposición incluidos, aceptaba que la cuenta pública era el momento de fijación de agenda y procedía en consecuencia. Las discrepancias venían después, en el trámite legislativo, donde correspondía darlas.

La pregunta interesante, entonces, no es qué dirá el Presidente Kast el lunes. Es cómo se puede gobernar un sistema donde el rito ya no produce los efectos para los que fue diseñado; donde cada actor, optimizando lo suyo, contribuye sin proponérselo a vaciar el espacio común. Las procesiones se sostienen, en último término, sobre una expectativa compartida. Cada participante respeta la disciplina porque confía en que los demás también lo harán, y esa confianza recíproca es la que sostiene el orden. Cuando los incentivos cambian y romper el rito empieza a tener menos costo que respetarlo, la expectativa se quiebra y la coordinación colapsa. Lo que queda entonces es la forma. Y la forma sola, sabemos, no alcanza.

Miguel Ángel Fernández, Subdirector Académico Faro UDD

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