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Opinión

Hablemos de Autismo


 Por Yasna Chávez Castillo (*)

Yasna Chávez Castillo

El término “trastorno del espectro autista” se refiere a una diferencia en el neurodesarrollo que afecta al funcionamiento de un individuo, principalmente en las áreas del lenguaje, la comunicación social y la imaginación. Aunque probablemente el autismo siempre ha formado parte de la experiencia humana, sólo desde el último siglo, ha recibido un “nombre” formal como una condición distinta, que, por cierto, ha sido modificado en innumerables oportunidades; lo que permite reflexionar respecto a que ninguna etiqueta diagnóstica es estática a lo largo del tiempo. Ahora bien, los estudiantes con trastorno del espectro autista pueden tener talentos excepcionales independientemente de su nivel de funcionalidad. Así, aquel que requiera un alto nivel de apoyo puede al mismo tiempo tener memoria fotográfica, mientras otro que ha logrado un buen nivel de independencia en sus rutinas diarias, a su vez, puede tener serias dificultades para recordar hechos e información contextual, por tanto; conocer a un estudiante con trastorno del espectro autista significa conocer sólo a ese estudiante. Esto podría ser una razón que explicaría por qué con frecuencia, es difícil para las y los profesores abordar sus necesidades educativas y emocionales.

Al respecto, la educación inclusiva se interpreta a menudo como “enseñar” a todas las y los estudiantes en la misma sala de clases, sin embargo, lo que realmente pretende es que, a partir del tejido de su diversidad, todas y todos los estudiantes “aprendan” juntos. El solo hecho de que todos estén reunidos en la misma sala no conduce al aprendizaje, por lo que la sola “enseñanza” no es suficiente. En este sentido, un aula inclusiva busca y emplea estrategias que facilitan la accesibilidad, promoviendo el uso de prácticas que permitan el aprendizaje de todos sus estudiantes. Por tanto, es fundamental que el profesor se implique en el proceso de inclusión, lo que, entre otros desafíos, le demanda profundizar en sus conocimientos, ya que cuando un profesor no entiende el trastorno del espectro autista; no comprende por qué un estudiante se comporta de una manera determinada, no entiende la mejor manera de ayudarle a aprender y corre el riesgo de hacer suposiciones vinculadas a la capacidad del estudiante sobre la base de su condición.

De esta forma, el proceso de enseñanza de estudiantes que presentan un diagnóstico de trastorno del espectro autista tiene que basarse en una firme comprensión de: (a) cómo se produce el proceso de aprendizaje a partir de las condiciones del espectro autista; (b) cómo el autismo puede afectar al aprendizaje y; (c) cómo el autismo afecta a un individuo en particular. En este sentido, los programas deben ser individualizados y tener en cuenta tanto las capacidades como los desafíos que presenten los estudiantes, a modo de desarrollar habilidades y potenciales en el máximo nivel posible. Además, una práctica educativa eficaz tiene que ser lo suficientemente flexible como para abordar las preocupaciones individuales de todo el espectro de alumnos con trastorno del espectro autista. Finalmente, una práctica que identifique y tenga en cuenta las características únicas de cada estudiante; tiene en cuenta las áreas individuales de fortaleza y debilidad, así como los intereses y preferencias individuales, y garantiza que los alumnos tengan un entorno de aprendizaje positivo y enmarcado en un paradigma de educación inclusiva.

Yasna Chávez Castillo (*)

Estudiante de Doctorado en Psicología, Universidad de Concepción.

Grupo de Investigación Interdisciplinaria en Educación.

Universidad de Concepción, Campus Los Ángeles (GIIE).


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