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Opinión

Educación, democracia y nueva constitución


 Por Alejandro Mege Valdebenito

ALEJANDRO-MEGE

“La democracia no puede tener éxito a menos que los que expresan su elección se preparan para elegir sabiamente. La verdadera salvaguardia de la democracia, por lo tanto, es la educación” Franklin Délano Roosevelth

En pocas semanas más, todos los ciudadanos legalmente habilitados para sufragar deberán pronunciarse sobre la propuesta de una Nueva Constitución y donde la información, conocimiento, comprensión y aceptación, aunque sea con reparos, del texto constitucional que se propone serán  factores que incidirán en esa decisión que, por distintas razones, especialmente educacionales, no todos estarán en condiciones de emitir con plena autonomía, ya sea aprobando o rechazando, de manera fundada y personalmente convencidos de lo que hacen. Situación ésta que afectará no solo a quienes estén  informados de manera general de la propuesta constitucional sino, especialmente a quienes, por su carencia  educacional, no tengan la libertad de opinar libre y democráticamente sobre su contenido y alcance.

Ello, entre otros factores, por el nivel de analfabetismo que existe en el país, que alcanza al 6,4 % de la población, porcentaje por sobre la media de otros países como Argentina (2,7 %), Cuba (0,2 %), Uruguay (2,3 %), considerando que “se consideran analfabetas a las personas mayores de 15 años y más que no están en condiciones de leer ni escribir un párrafo breve de forma coherente y progresiva” (La Encuesta Casen lo estima en 516.00 personas).

Aparte que se debe considerar que el 58% de la población es considerada  “analfabeta funcional”, que es la incapacidad de una persona para utilizar su capacidad de lectura y cálculo de modo eficiente, en situaciones normales de su vida (el 70% de los alumnos de 4º año básico no entiende lo que lee y es incapaz de seguir instrucciones). Y, la guinda de la torta, “los chilenos con educación superior terminada, incluido postgrados, obtienen un puntaje promedio de comprensión lectora menor al promedio de las personas de los países OCDE que no asistieron a la educación superior”. Agrega la OCDE: “buena parte de las instituciones de educación superior en Chile no son siquiera capaces de egresar profesionales con adecuadas comprensiones de lectura y aritmética.” La verdad, aunque duela.

Como se comprenderá, dado el nivel de escolaridad de nuestra población, su participación democrática está lejos aún de ser una realidad cuando la verdadera democracia consiste en un diálogo entre gobernantes y gobernados que comprendan de qué se habla, para alcanzar fines que son comunes y donde a los ciudadanos se les consulta en materias que impactarán en su forma de vida y en cuyas decisiones el voto de cada uno, independiente de su condición social, económica, cultural o educacional, tiene exactamente el mismo valor que el de una persona educada, profesional y social y económicamente solvente.

Así, cuando no se tiene una educación habilitante para desenvolverse en condiciones de igualdad en la vida social de manera consciente y democrática, sufragar en una elección lleva a dejar que otros piensen por ellos, cuando “El propósito de la educación es mostrar a la gente como aprender por sí mismo. El otro concepto de la educación es adoctrinamiento.” (Noam Chomsky).

De modo que, si la propuesta de una Nueva Constitución no es aprobada en el Plebiscito de salida, debería constituirse una nueva Convención Constitucional que enmiende las falencias y omisiones de la primera, para lo cual la elección de los constitucionales, si es la forma que se decida, debería ser más cuidadosa de modo que los electos no se representen solo a sí mismos ni a ideologías extremas y excluyentes que nunca abandonarán sus intenciones de direccionar, según sus convicciones, la forma de vida de la sociedad.

Así, la verdadera democracia y sana ciudadanía depende de manera determinante de una mejor educación del pueblo. Esa es la tarea pendiente y el gran desafío de todo gobernante.


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