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Opinión

Educación y contexto emocional


 Por Macarena Venegas Toledo
Docente de Lengua Castellana y Comunicación

Macarena

La educación a nivel mundial, sin lugar a dudas, ha tenido que reinventarse y organizar estrategias para salir adelante ante la crisis sanitaria. En el caso de Chile, se ha trabajado sobre la marcha. Las instituciones educativas han dado incansable brega en pro de atender a las necesidades del alumnado. En medio de este proceso de trabajo escolar, se ha identificado la problemática en torno a los aprendizajes adquiridos. Los resultados generales que presentó la Evaluación DIA efectuada en el año 2020 y replicada el 2021 revelaron que el Diagnóstico Integral de Aprendizajes -realizado para 1,8 millones de estudiantes- que los estudiantes entre sexto básico y cuarto medio no alcanzaron los conocimientos mínimos necesarios. La Agencia de la Calidad de la Educación manifestó inquietud ante las respuestas obtenidas, no solo por lo vislumbrado en las asignaturas de Matemáticas y Lenguaje, sino también por el diagnóstico socioemocional, el cual tenía como objetivo evidenciar las condiciones psicológicas en las que se encontraban los estudiantes y así tomar medidas tecnicopedagógicas. Daniel Rodríguez, secretario ejecutivo de la ACE, expuso que los resultados del DIA socioemocional evidencian que el 66% de los estudiantes nota sus emociones afectadas; sin embargo, de ese porcentaje solo el 32% es capaz de manifestarlas a sus cercanos.
Humberto Maturana, el destacado y recordado Premio Nacional de Ciencias, expresó con gran acierto que “no hay acción humana sin una emoción que la funde como tal y la haga posible como acto”. En otras palabras, los sentimientos son el motor de nuestro accionar diario, todo lo que nos circunda va a repercutir en nuestro estado emocional, y nos hará actuar en consecuencia. Ricardo Araya, psicólogo, hace hincapié en que la mayoría de los estudios revelan que los trastornos mentales y el nivel de estrés de la población han aumentado durante la pandemia, e incluso estos pueden volverse males crónicos, sobre todo en el segmento juvenil. La sensación de inminente y desconocido peligro vital, además de las medidas de aislamiento y distanciamiento social que se han impuesto, afectando las libertades personales y rompiendo redes sociales de apoyo -aspectos que la tecnología no logra reemplazar, como quedó en evidencia-, agudizaron esta otra pandemia. Este estado emocional en que el país vive debemos proyectarlo en todos nuestros estudiantes, quienes se han visto especialmente vulnerados en una época compleja de su etapa de crecimiento y desarrollo ¿Cómo van a recomponerse? ¿Qué podríamos hacer nosotros los profesores, ante este complejo panorama psicológico?
El trabajo colaborativo ha demostrado ser una técnica efectiva para la socialización e interacción entre pares. Sugiere ser el remedio adecuado para lidiar con el peso de las sensaciones que abruman. En mi caso, he observado que la opción grupal no abunda como alternativa que los estudiantes asuman en sus labores lectivas. Frente a tal panorama, la paciencia asoma como asunto fundamental. Es primordial no desconocer el contexto y la realidad educativa con la cual lidiamos; sobre todo cada curso, su diversidad, el ethos del colectivo y de cada mundo de esa galaxia, considerando la incertidumbre circundante por todos los rincones. Escucharles y entenderles es el paso siguiente. Reparar ese espacio será tan prioritario como atender lo curricular, para que el grito que no oímos -pero percibimos- ‘queremos estar solas/os’, sea en un futuro cercano solo un recuerdo de este tiempo aciago.

Macarena Venegas Toledo
Docente de Lengua Castellana y Comunicación
Candidata a Magíster en Didáctica para el Trabajo Metodológico de Aula
Universidad de Concepción, campus Los Ángeles

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