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Opinión

El 10% y el futuro previsional


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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 “No me ayudes, compadre”. Refrán mexicano.

Con motivo de la ley que permitió el retiro del 10% de los fondos previsionales que diligentes parlamentarios impulsaron como una forma de ayudar a solventar las necesidades derivadas de la pandemia del covid-19 y las consecuencias que ha tenido no solo en el ámbito de la salud, también afectó la economía, la perdida de la  fuente laboral de miles de personas que quedaron cesantes o que se vieron suspendidos de sus actividades, con una reducida y deficiente educación a distancia, una restringida movilidad de las personas, el uso permanente de mascarilla y distanciamiento social, el disponer de una cantidad de su propio dinero resultaba ser una solución transitoria para las personas que se encontraban en una situación angustiante de subsistencia del día a día.

 Así, con la autorización legal para retirar el 10% de las AFP –con sus ejecutivos inquietos y desconcertados, el gobierno descolocado y con el aplauso del movimiento No + AFP que vieron una oportunidad para terminar con ella- miles de personas hicieron fila durante horas y días para retirar parte de sus propios ahorros; algunos los invirtieron en consumos básicos, pagar deudas; otros para estar al día con las novedades del mercado de la tecnología y unos cuantos, cuyos recursos no les eran tan necesarios como a otros, para depositarlos en inversiones más rentables  a corto plazo y libres de impuestos.  Cada cual decidía libremente en que gastar sus propios ahorros cuando el gobierno no ofrecía otra alternativa.

A pesar de la advertencia de los economistas del impacto que tendría en la economía y en las jubilaciones el  retiro anticipado de los ahorros previsionales,  los parlamentarios que vieron la oportunidad de demostrar su interés y generosidad para con los más necesitados no solo aprobaron el primer 10 %, sino que ofrecieron un segundo retiro al que  se sumaron quienes no lo había hecho en la primera instancia (pensando en su reelección, sin duda), incluso una efusiva y alada parlamentaria dijo tener redactada la propuesta para el retiro del tercer 10% al que tendrían opción muy pocos ya que unos cuantos no tendrían nada que retirar.

Sin duda que resulta fácil ser generoso con la situación apremiante de las  personas recurriendo a los recursos de los propios  afectados, dineros acumulados por años o durante toda una vida laboral y dejar de contar con ellos aunque fuera para sobrevivir de manera precaria al final de sus años como lo saben muy bien los afiliados a las AFP. Y, es aún más fácil  ser generosos para los parlamentarios quienes, en el ejercicio de su cargo, obtienen  las remuneraciones más altas de los países pertenecientes a la OCDE, equivalentes a 38 veces el sueldo mínimo, comparación que llevó a un parlamentario a justificar esa diferencia, expresando, con un ego  sobrevalorado, que “no es lo mismo venir de la calle a venir de la universidad o de una trayectoria y saber cómo funciona la sociedad”. En esto tiene toda la razón, así funciona la sociedad que han ayudado a construir y mantener. Si bien tenemos que reconocer que, en materia de sueldos, después de seis años de tramitación, se aprobó la ley que permitirá reducir las rentas más altas de la Administración del Estado para ayudar, se afirma, a la clase media, más aún no se sabe cuál es el  porcentaje de reducción ni desde cuándo comenzará a regir, si logra ser aplicada.

Si la clase política y los representantes de la ciudadanía en el gobierno y el parlamento, por la responsabilidad que tienen, con la misma rapidez con que aprobaron el retiro de un 10%  con igual diligencia y compromiso con las funciones encomendadas por sus electores, deben ponerse de acuerdo en legislar por una reforma previsional más justa, una mejor y oportuna atención en salud, una educación de calidad para todos, mejores condiciones laborales y salariales, así como facilitar el acceso a la casa propia, no habría necesidad de sacrificar anticipadamente los recursos previsionales sin tener claridad de cómo van a enfrentar su futuro previsional los jubilados.

Si ello no forma parte de la preocupación de la clase política, tendremos que decirle a nuestros legisladores y autoridades: “Por favor, ¡es mejor que no nos ayuden, compadres!”.

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