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Opinión

¡Por favor señor ministro, por favor!


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Por un momento se me ocurrió pensar que mi columna de hoy podía llevar por título: “Los pasos perdidos”, a propósito de la errática conducción del caso pandemia y sus consecuencias por parte del Ministerio de Educación y su máximo líder y, en particular, por la forma peyorativa y arrogante como este último se ha referido a los docentes, decidiendo posteriormente, y en buena hora, que no, habida consideración de la importancia de la obra y prestigio del ampliamente conocido escritor cubano Alejo Carpentier – al cabo, uno de los escritores más prominentes del S. XX en la lengua española y uno de los artífices, como se ha dicho, de la renovación literaria latinoamericana, especialmente por su teoría de lo “real maravilloso” que decantó en una suerte de nueva narrativa -, quien no merecía semejante despropósito.

Como camino alternativo, entonces, decidí recordarle al Sr. Ministro que los profesores hemos aportado al país desde un presidente de la república (con su: “gobernar es educar”), hasta, entre otros dignatarios del Estado, parlamentarios, ministros, intendentes, cores, seremis, gobernadores, alcaldes, concejales y jueces de policía local (allí donde se lo ha requerido); que hemos sido fundadores, académicos y rectores de distintas instituciones de educación superior; que hemos fundado cuánto establecimiento de enseñanza escolar público o privado ha sido necesario; que hemos colaborado con los sistemas educativos de muchos países latinoamericanos y europeos; así como llevado, y a mucha honra, el nombre de nuestro país – en las personas de Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicanor Parra – a las más altas esferas de la intelectualidad planetaria, situándolo, como es de suyo conocido, en posiciones de privilegio en las más reconocidas, avanzadas y prestigiosas universidades de todo el orbe.

En el mismo sentido, quise recordarle a la referida autoridad que, como lo he sostenido en otras ocasiones, no existe rincón geográfico, ni espacio social, ni histórico, ni cultural en este país donde no esté presente la figura creativa, orientadora y amiga de un profesor, porque, se nos lo quiera reconocer o no, los educadores hemos sido desde siempre –  además de pedagogos (nuestra natural condición), escritores, pintores, escultores, músicos, actores, bailarines, folcloristas, artesanos y soñadores (el talento y el valor agregado) – psicólogos, sociólogos, antropólogos, arqueólogos, museólogos, trabajadores sociales, enfermeros, juristas, filósofos, columnistas y comunicadores sociales por afición allí donde las circunstancias lo han demandado; ello, además de consejeros, orientadores y apoyo a las personas en los momentos en que ha sido indispensable; así como padres sustitutos, guías espirituales e intelectuales para muchos, dado nuestro más profundo sentido del compromiso social.

El asunto es que los docentes – claramente agobiados, quién puede dudarlo, por los costos sociales, económicos, materiales y psicolaborales que hemos debido pagar a causa de la enseñanza remota – no podemos ser, pero en modo alguno, responsables además de las vergonzosas inequidades e iniquidades existentes en nuestro país que se nos han querido endosar, puesto que son el resultado de un modelo económico y de sociedad que ha exacerbado, y a ultranza, la riqueza en los menos y la pobreza en los más, mismas que se han dejado ver por obra y gracia de la pandemia que nos afecta. En este caso – siendo que la salud y la vida de las personas deberían ser lo primero y lo más importante -, un retorno forzado a clases presenciales como lo ha manifestado el Sr. Ministro de Educación, junto con ser una decisión temeraria y acaso muy poco sensata, no sería otra cosa que pretender tapar el sol con un dedo. Al respecto, invocando a Felipe Lamarca, téngase en cuenta que: “las prisas pasan y las cagadas quedan”.

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