jueves 27 de febrero, 2020

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Opinión

Chile necesita catalaxia


 Por Prensa La Tribuna

Mauricio Villagrán V.
Académico de la Facultad de Ingeniería, UCSC

Si usted está pensando que esta columna es sobre astronomía, lamento defraudarlo. El término catalaxia proviene del verbo griego katallasein, que significa intercambio y que es comúnmente utilizado por economistas para rastrear el origen del precio de un producto, considerando todos los factores que lo afectan. Sin embargo, el académico y economista liberal Steven Horwitz, en una charla realizada en diciembre del 2019 en Grecia, llevó el término a un nivel más elevado.

Según Horwitz, la catalaxia no se queda solo en cuantificar el intercambio, sino que para que este se realice, debe ser “admitido por la comunidad”, y quizás más relevante aún, debe “cambiar la percepción del enemigo a la de un amigo”. La catalaxia, bajo esta premisa, correspondería a un tipo de intercambio mutuamente benéfico y mutuamente interdependiente.

En un mundo cada vez más especializado, la división del trabajo nos obliga a interactuar con personas que apenas conocemos o derechamente desconocemos: el chofer del transporte público, el programador de mi app favorita, el vendedor de la farmacia, entre miles de otros ejemplos.

Todos estos intercambios del mercado son imperativos para que el sistema funcione, y mientras más los necesitamos, menos deseamos afectarlos. A partir de estos intercambios, personas extrañas son “admitidas” en nuestras comunidades y las aceptamos como nuestros “amigos” por los beneficios que nos producen con sus bienes o servicios.

El problema surge cuando, debido a asimetrías de poder o por errores de comunicación, algunos actores del mercado cometen abusos o injusticias que terminan por romper nuestras confianzas, destruyendo la catalaxia del sistema.

Estas rupturas se hacen evidentes cuando la cadena del “doble agradecimiento” se ve rota (es común que al comprar un producto en un mercado, ambos actores se den las gracias). Cuando esto ocurre, uno de los actores parece obligado a una interacción con sabor amargo que engendra resentimiento y desconfianza.

Esta ruptura también puede ser bidireccional, tal como ocurre en el mercado de las Isapres, donde las empresas desconfían de las licencias médicas presentadas por los afiliados y estos últimos se resienten al servicio y cobertura que las primeras les brindan, evidenciando una ausencia total de catalaxia.

Recomponer la catalaxia en el Chile de hoy se vislumbra como una tarea titánica, pero imperiosa para avanzar. Los pasos no están tan claros, pero hay dos medidas transversales al ámbito público/privado que parecen urgentes: regular las asimetrías de poder y mejorar el flujo de información, asegurándose de que quien la recibe realmente, la entienda.

Adicionalmente, debemos ampliar la perspectiva histórica desde la cual construimos nuestros juicios y así darnos cuenta de que hemos cambiado las espadas por arados y luego por smartphones, y que la guerra ha dado paso al intercambio comercial. Solo de esta forma adoptaremos un positivismo que nos ayude a reconstruir las confianzas.

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