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Opinión

Dignidad: ¿en qué momento dejó de ser costumbre?


 Por La Tribuna

Rodrigo Durán Guzmán
Magíster en Comunicación, académico y periodista

En el contexto de las movilizaciones sociales, ha sido un denominador común a lo largo y ancho del territorio, incluso para nuestros compatriotas en el extranjero. Aplicable tanto a salud y educación, como a pensiones y trabajo, entre otros, lo cierto es que la dignidad se ha tomado la agenda como forma de reivindicación en sí misma.

Un concepto en sí mismo loable y necesario, y que representa, entre otros, un valor y un derecho innato, inviolable e intangible de la persona. En su conceptualización femenina encontramos que la dignidad es una “cualidad del que se hace valer como persona y que se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás, y no deja que lo humillen ni degraden”.

Por esta razón, no deja de ser preocupante, toda vez que representa el ethos del estallido social en nuestro país, que un eje transversal retórico de los manifestantes sea “luchar, hasta que la dignidad sea costumbre”.

Al respecto, bien cabe preguntarse: ¿En qué momento dejó de ser costumbre la dignidad en nuestra sociedad? ¿En qué momento perdimos el rumbo, dejamos de reconocernos, de mirarnos a los ojos y hablar con la verdad? ¿En qué momento se perdió el valor de la palabra empeñada?

Porque, ciertamente, cuando hablamos de que “Chile despertó”, lo que estamos constatando es que la gente se cansó del abuso, representado principalmente en la clase política.

Cuando la calle expresa esta ansia y urgencia de recuperar su dignidad, lo que le está diciendo, tanto al gobierno como a la oposición, senadores, diputados, alcaldes y concejales, entre otros, es que el tiempo de los abusos se terminó y quieren poder acceder a los mismos privilegios que ellos se han encargado, muy celosamente, de cuidar mezquinamente solo para ellos, poniendo incontables trabas cuando se trata de legislar en favor y beneficio de las personas.

Sobre esto último, qué duda cabe, hemos sido testigos de que incontables “no se puede” resulta que ahora “sí se puede”. ¿Qué cambio entremedio? Que Chile despertó, la gente se manifestó y exige recuperar su dignidad.

Sin embargo, esta dignidad necesariamente tiene que ir de la mano tanto con derechos como deberes. Esta exigencia de restituir la dignidad no puede ni debe ir mancomunada con atropellos a la misma, donde los únicos y grandes afectados son los ciudadanos.

Debemos entender que la violencia es lo contrario a la justicia. Que una cosa son las legítimas demandas ciudadanas y otra, muy distinta, son los actos vandálicos cuyos daños no solo acarrean pérdidas económicas y fuentes laborales: también implican un menoscabo directo en la calidad de vida y bienestar de los habitantes en el territorio.

Cierto, Chile es una nación resiliente y de seguro nos levantaremos nuevamente, pero la pregunta es simple: ¿Por qué tuvimos que llegar a esta situación de irracionalidad máxima para volver a poner en el tapete la dignidad como valor?

Al respecto, bien vale reconocer el esfuerzo del Ejecutivo, el cual, de la mano del ministro de Desarrollo Social y Familia, Sebastián Sichel, está impulsando “El Chile que queremos”, una iniciativa de participación ciudadana que busca reconstruir confianzas e iniciar un proceso de escucha social a través de diálogos ciudadanos, en el marco del Acuerdo por la Justicia Social y el Acuerdo por una Nueva Constitución.

Este trabajo incorpora un elemento que también hemos perdido el último tiempo y que, al igual que la dignidad, nunca debe dejar de estar presente, como es el caso de la confianza. Porque si hablamos de hacer de la dignidad un hábito, entonces bien vale lo mismo para la confianza y para todos aquellos principios y valores que nos permitan construir una sociedad con sentido de lo justo, orientada hacia la equidad y las oportunidades.

Una sociedad donde, en definitiva, las personas vuelven a estar en el centro de las urgencias y las acciones. Una sociedad donde, concretamente, el interés de velar por el bienestar, la calidad de vida, la dignidad y la confianza entre las personas, nunca deje de ser costumbre.

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