lunes 18 de noviembre, 2019

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Opinión

Volver a la normalidad


 Por La Tribuna

Alejandro Mege Valdebenito.

Los acontecimientos que hemos vivido  han dejado al descubierto la magnitud de la crisis social y valórica que se venía gestando desde hace mucho, así como el gran abismo que separa a la élite gobernante de la ciudadanía, cuya visión  y acciones de gobierno difieren en mucho de las necesidades y demandas de la población que en su momento prometieron atender.

Ante esta situación se han levantado voces que piden volver lo antes posible a la “normalidad” de la vida social. Sin embargo, como alguien lo dijera, la “normalidad” que se vivía fue la causa del estallido social que busca  cambiar una  forma de vida injusta a una con mayor sensibilidad social, sin grupos privilegiados, con líderes legítimos y creíbles que logren ver más allá de su propia verdad, que  interpreten y atiendan adecuadamente las demandas de una población desamparada,  poniéndola a salvo de los acontecimientos que  atentan contra los derechos  y la dignidad de cada individuo, patrimonio invaluable de ser  persona, donde la honestidad y el respeto por verdad y la justicia es  un mal negocio para algunos por  lo que consideran aceptable actuar en contrario, aunque ello signifique causar destrucción y miedo  a sus propios hermanos, en una realidad que se negaban   ver,  pero que estaba ahí, latente, para mostrar, en momentos como éstos, toda su frustración y malestar de una sociedad dividida, estratificada, donde algunos tienen mucho y muchos tienen muy poco o casi nada, que no sean solo sueños o esperanzas sin respuestas  y  que  hacen responsable del  olvido en que se encuentran y de sus carencias más elementales a quienes ostentan el poder y  la riqueza.

Acciones de vandalismo y bajeza humana, de actos heroicos de grandeza y decencia; de prepotencia y desprecio por él otro, así como de humildad, respeto y amor por el prójimo, han mostrado como se tejen y entremezclan las virtudes y los vicios que campean en nuestra sociedad como cuadros de una colcha de retazos de tantos y tan variados colores, que reflejan los hilos que representan la variada tonalidad, calidades y valores desiguales que se le asignan a cada persona o grupo que las contenga y que determinan su calidad de vida.

Y esto ocurre en una sociedad en que la clase dirigencial  no asume mayor responsabilidad que no sea una tímida excusa  cuando la masividad de la legítima protesta pacífica, así como el descontrol, la violencia y la destrucción realizada por algunos antisociales, obligan a hacerlo.

Las causas de este descontento social y sus consecuencias han sido analizadas y discutidas profusamente por distintas personas  de todos los sectores de la vida nacional y lo hacen desde su propia historia, visiones e intereses, como lo demuestran los matices de sus intervenciones, de modo que el terreno que ceden para lograr un acuerdo por un bien social común, continúa siendo limitado, producto de una consciencia social  y una ética que se adapta a cualquier interés subalterno y una moral de bolsillo de payaso  donde cabe todo argumento y justificación que sea necesaria para no asumir la  responsabilidad que se tiene o  sacar provecho ideológico de una situación que ha causado tanto daño y frustración.

No es la “normalidad” que se tenía a la que se espera volver, sino que a una normalidad construida por todos, más humana, más honesta y solidaria y para hacerlo debemos mirarnos a la cara con franqueza, reconocer nuestros errores, asumir la responsabilidad que nos compete y sumarnos integradamente a la tarea de construir una mejor sociedad para que “el bien de Chile” no sea solo un eslogan, sino una real necesidad.

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