sábado 14 de diciembre, 2019

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Opinión

El bien común del otro


 Por La Tribuna

En nuestros tiempos, el significado del concepto “bien común”, como un bien de todos, difiere bastante  del que tiene  para nosotros  cuando  se trata del bien común de los otros. Existe una indiferencia generalizada frente a la situación del otro cuando estamos  centramos en nosotros mismos, fuertemente moldeados por  un exacerbado individualismo que contamina todo el sistema social en sus múltiples interrelaciones y la figura del otro tiende a desaparecer de nuestro horizonte de vida, de modo  que su problema  no es nuestro problema. Más aún si el otro resulta ser un obstáculo o un competidor para nuestras expectativas personales.  Si bien, a lo más, podemos condolernos de su situación, hacer gestos de conmiseración por encima del hombro  para tranquilizar nuestra consciencia pero, al fin de cuentas, que el otro se las arregle como pueda. Hasta ahí llega nuestro reconocimiento del bien común de los demás, aun cuando en el nivel de las declaraciones, del discurso  en que hacemos gala de nuestra preocupación por el bien común  en círculos familiares, en reunión de amigos, en espacios laborales, centros de estudios filosóficos o sociales, así como en el ámbito político, incluso religioso, comprometiendo nuestras acciones porque el “bien común” de los seres humanos no tenga  excepciones y sin olvidar que el otro es nuestro prójimo a quien, como concepto bíblico, deberíamos amar como a nosotros mismos.

Destacable en este sentido, y hay que reconocerlo, es la preocupación de algunas personas que, de manera particular o institucional, muestran su interés por el otro: pobre, enfermo, abandonado o menesteroso, a quien consideran también merecedor  del bien común. Actitud que, si bien no resuelve el problema de la indiferencia colectiva, mantiene la esperanza de que en algún lugar del ser de cada uno y  de la sociedad, haya un espacio donde tenga cabida y nos importe el otro.

Así, cuando en el escenario de la clase le decíamos a nuestros alumnos, con la  intención de hablar y compartir con ellos la situación en que se debate la ética privada y pública, que es una sola (aun cuando solo “hablar” de ética no tiene mucho  sentido, si se actúa en contrario), que la preocupación por el otro no solo tiene una raíz y un carácter ético, también constituye un valor de justicia social que resultan fundamentales para la convivencia humana; entender que, aún en nuestro individualismo necesitamos del otro y que no podemos vivir realmente en una sociedad sin él, razón por lo que no resulta comprensible que quienes han sido electos o designados como autoridades para que velen por el bien común no logran ponerse de acuerdo, parapetados en su particular visión ideológica –como verdad indiscutible- de cómo alcanzar el bien de todos.

Visibilizar al otro como miembro de una misma comunidad con iguales oportunidades de acceso a la educación, la salud, a un trabajo que permita vivir con dignidad, constituye un deber ético y una actitud moral que se hace necesaria cada día más. No como una dádiva o un gesto de compasión, sino como un reconocimiento de los mismos derechos que creemos merecernos y reclamamos,  pero que muchas veces nos resultan indiferentes cuando son otros, los menos amparados por la fortuna, quienes lo demandan.

Sin embargo, tan abandonado está el bien común, como desprestigiada la ética (no olvidemos que a los corruptos  la justicia  los condena a realizar clases de ética) que, al cerrar la clase, nos quedó la duda si el intento valió la pena.

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