domingo 21 de julio, 2019

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Opinión

Más garrote que zanahoria


 Por La Tribuna

ALEJANDRO MEGE

Hace unos días, en una amable invitación a servirnos un café, recordamos, con quien fuera alumna de una escuela pública de Los Ángeles, a las profesoras de aquel entonces, ella con su experiencia de estudiante y la distancia del tiempo; yo con la del profesor recién llegado después de haber laborado por 20 años en una escuela rural, experiencia que atesoro por que aprendí y viví el significado, así como la responsabilidad y el desafío de ser profesor en situaciones difíciles, donde pude valorar el esfuerzo de niñas y niños de familias obreras y campesinas para salir de su limitada condición de una vida con un futuro de inciertos horizontes.

Desfilaron en esa cordial conversación las figuras de las profesoras de la escuela urbana de nuestro recuerdo los nombres de maestras comprometidas profesional y humanamente con su tarea de educar, como lo eran, hace más de tres décadas, Yolanda, Lía, Norma, Gloria, Lucía, Imilse, Isaura, Raquel, Carmen, Jovita… y otras cuyos nombres se nos esfuman pero cuyas imágenes perduran en nuestras recuerdos y, sin duda, en el de las alumnas que aprendieron de ellas.

Hoy, profesores y profesoras como aquellas se encuentran viviendo la metáfora de la zanahoria y el garrote por parte de las autoridades de turno: por un lado, poco o ningún incentivo laboral, desconocimiento de los beneficios legales alcanzados, legítima y justa recompensa por la importante labor realizada y, por otro, presión y amenazas para que abandonen la movilización que tiene detenida a la gran parte de la educación pública. Para quien tiene el poder (el garrote) siempre resultará mejor por cuanto no tiene que comprometer mayores recursos, aunque sea a costo de los actores de la educación que requiere la población más vulnerable y se desliga de la responsabilidad que le compete transfiriéndola al gremio paralizado y usa la amenaza de descontar los sueldos de los profesores (garrote de nuevo) para lograr que los profesores, por no contar con los recursos para atender las necesidades de sus familias, desistan de lo que los hace realmente libres y dignos de su profesión. Este hecho nos hizo recordar una carta que en abril de 1968, el director de la Escuela Normal de Angol, hizo llegar al intendente, respondiendo, de manera respetuosa pero firme, a las instrucciones de descontar de su sueldo a los profesores los días que no habían asistido a realizar sus clases. Escribió: “No me prestaré a ser instrumento de quienes desean acorralar a mis compañeros y por ningún motivo pondré mi firma sobre documento alguno que hiera los intereses de mis colegas”. Y continúa: “Tengo una doble obligación como maestro; conmigo mismo y como formador de maestros, y quisiera que la imagen que ellos tengan de mi sea digna de recordarse con afecto”. Termina su carta, negándose a cumplir las instrucciones recibidas, que considera injustas: “Y, cuando firmo esta declaración, miro a mis hijas y pienso que, a lo mejor serán ellas las sacrificadas con mi actitud, pero sólo aspiro como padre que se sientan orgullosas de mi proceder tanto privado como público”.

Un ejemplo de consecuencia personal y profesional como la de muchas de las profesoras y profesores de la educación pública que se han movilizado y que quieren volver a clases –de eso no tenemos ninguna duda- pero que, por dignidad, se resisten a ser descalificados y ninguneados por la autoridad y menos por quienes nunca han pisado una sala de clases ni palpado la realidad de una olvidada escuela pública.

Alejandro Mege Valdebenito.


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