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Opinión

El sentido de la educación (II parte)

Alejandro Mege Valdebenito.


 Por La Tribuna

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Por disposición constitucional nuestra educación, en  sus diferentes niveles, debe dar a todos los alumnos, independiente de cualquier condición o circunstancia, una educación de calidad,  en el ámbito público como privado, con especial preocupación y apoyo a quienes más lo requieran, para lo cual debe otorgar respeto y autonomía a los establecimientos en el desarrollo de sus proyectos educativos  que promuevan la diversidad cultural, religiosa y social de la población, correspondiendo  al Estado velar por la igualdad de oportunidades y la inclusión educativa para reducir las desigualdades producto de circunstancias económicas, sociales, étnicas, de género o territoriales.  (Ley 20.370 General de Educación).

Las disposiciones legales que rigen a la educación y, por esa condición, obligatorias, son válidas para todo el sistema educativo subvencionado por el Estado,  comprometiendo las acciones administrativas y pedagógicas necesarias para asegurar el logro del tipo de educación que se ha prometido como sociedad, donde ninguna intervención ajena a ese objetivo puede estar por  encima del fin último de una educación de calidad para las nuevas generaciones.

Cuando, desde la administración central  del sistema educativo nacional se pretende establecer normas que no consideren a todos los estudiantes (ni  la opinión de todos) en  su más amplia diversidad, tanto natural, como social; el derecho humano a una educación sin discriminación de ninguna especie, resulta ser una negación del pregonado   “bien común” y,   “los niños primero”, un eslogan  electoral.

Si a lo anterior, en las administraciones locales de educación, se suman variables  que no le permitan funcionar como un sistema, que requiere tener  sincronizadas y alineadas   todas las funciones y actividades que le son propias; claramente definidos los roles y competencias que a cada uno corresponde y contar con el compromiso de  los individuos que lo integran ya que una educación de calidad  no se alcanza con solo desearlo. Si no existe claridad en las atribuciones, ni delimitación en el ejercicio de la autoridad; cuando no hay unidad de dirección y de mando (basta recordar las aún vigentes teorías clásicas de la administración) resultan ser siempre  fuente permanente de conflictos que afectan las relaciones interpersonales, enrarecen el clima laboral, generan inestabilidad del personal e impiden  cumplir con los planes destinados a superar las deficiencias y  mejorar los resultados  de una educación que tambalea,  y que debe ser la base de sustentación  de toda la arquitectura  en la que descansa el presente y futuro de la sociedad.

Nada hay más delicado y peligroso que el uso y la orientación que se  dé a la educación, ya que puede servir para formar individuos  de conductas éticas y acciones constructivas, con capacidad de crítica y autocrítica, tolerantes y solidarios, ciudadanos responsables o bien, convertirlos en seres dogmáticos que buscan imponer como verdades absolutas sus  visiones de vida y de sociedad, incluso, llegar a ser enemigos  de la misma.

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