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Opinión

Esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo Lc 3,10-18

  + Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por La Tribuna

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El Evangelio de este Domingo III de Adviento comienza explicando la metáfora, que ya había sido presentada el domingo pasado para describir la misión de Juan el Bautista como Precursor del Señor que viene: «Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas» (Lc 3,4).

            La noción de «camino» como una metáfora para indicar la norma de conducta codificada en la Ley era antigua en Israel. Para decir que al­guien camina por la Ley del Señor con fidelidad se dice que no se desvía «ni a derecha ni a izquierda». En efecto, el Señor dice a Josué, a quien ha elegido para tomar la sucesión de Moisés: «Ten cuidado de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés: no te apartes de ella ni a derecha ni a izquierda, para que tengas éxito donde­quiera que vayas» (Jos 1,7). La Ley era considerada como el camino que conduce a la felicidad. Son frecuentes en los Salmos expresio­nes en este sentido: «Hazme vivir conforme a tu palabra… hazme entender el camino de tus ordenanzas… He escogido el camino de la lealtad a ti, a tus juicios me conformo… Corro por el camino de tus mandamientos… Enséñame, Señor, el camino de tus preceptos» (cf. Sal 119,25-33). Los textos se podrían multiplicar.

            Es natural, entonces, que a la exhortación de Juan: «Preparen el camino del Señor», la gente que acudía a él reaccione preguntando: «¿Qué debemos hacer?». La pregunta se repite tres veces. La primera vez en boca de la multitud en general y, luego, de parte de dos grupos particulares: los publicanos y los soldados. De esta manera, se da la idea de la gran irradiación y diversidad del movimiento creado en torno al Precursor. El evangelista Marcos dice: «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén» (Mc 1,5). Los publicanos eran judíos encargados por Roma para hacer pagar los impuestos al César y, a menudo, cobraban una comisión excesiva. Eran considerados por el pueblo como pecadores. A ellos Juan no pide que dejen esa actividad, sino que sean justos: «No exijan más de lo que les está fijado». Los soldados, se entiende que son del pueblo romano. Tampoco ellos están excluidos de la Salvación que viene. En efecto, la profecía que se aplica a Juan concluía diciendo: «Todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,6). A los soldados Juan pide no abusar de su poder para enriquecerse: «No hagan extorsión a nadie, no hagan denuncias falsas, y contentense con su sueldo». En ambos casos –publicanos y soldados– se trata de mantener una relación justa con el dinero. Siempre será verdad la sentencia de Jesús: «No pueden servir a Dios y al Dinero» (Lc 16,13).

            Hemos dejado para el final la recomendación de Juan para el pueblo en general: «El que tenga dos túnicas, que las comparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo». ¡Breve, pero lo dice todo! Aquí están contenidas las recomendaciones particulares a publicanos y soldados y a toda otra categoría de gente. Esa recomendación nos ofrece a todos un examen de conciencia de la propia vida para discernir hasta qué punto estamos preparados para acoger al Señor que viene.

El Evangelio nos informa de la altísima opinión que la gente, sin excepción, tenía sobre Juan: «Todos pensaban en su corazón, acerca de Juan, si no sería él el Cristo». Juan se apresura a establecer la infinita distancia entre el Cristo y él: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego». Pero esta misma humildad –que consiste en caminar en verdad– contribuye más a su prestigio, tanto que, cuando vino Jesús y desarrolló su ministerio, la gente pensaba sobre el mismo Jesús que Él era Juan, que había resucitado: «Unos dicen que tú eres Juan el Bautista» (Lc 9,19 cf. 9,7). La comparación no pareció mal a Jesús. Sólo reacciona preguntando a los Doce quién piensan ellos que es Él.

            Juan es definido por Jesús como «un profeta y más que un profeta» (Lc 7,26). Pero aun así él entra en la sentencia que Jesús dice a sus discípulos: «Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron» (Lc 10,24). En efecto, el anuncio de Juan se refiere más bien a la venida final de Jesús, la que nosotros esperamos ahora. Juan habla de una separación: «Recogerá el trigo en su granero… la paja la quemará con fuego que no se apaga». Es la misma separación de la cual habla Jesús, pero en su venida final (cf. Mt 25,31-46): «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos…». La sentencia de unos y otros será diametralmente opuesta: «Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo… Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». Y el criterio para esa separación definitiva es el mismo indicado por Juan: «Tuve hambre, y me dieron (o no me dieron) de comer… estaba desnudo, y me vistieron (o no me vistieron) …». Esta es la venida del Señor que Juan ve. No tenía la revelación del Hijo de Dios hecho hombre ni tampoco el tiempo de la Iglesia y de la evangelización del mundo. Nuestros ojos y nuestros oídos son dichosos, porque tenemos esta revelación. Tenemos muchos más motivos para convertirnos y así «esperar la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».

                                                                            

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