lee nuestra edición impresa

Opinión

Se acerca la redención de ustedes Lc 21,25-28.34-36

+ Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por La Tribuna

30-11-2018_21-15-071__obispobacarreza

Con la celebración de este Domingo I de Adviento comienza un nuevo año litúrgico, es decir, un nuevo ciclo en la contemplación del misterio de Cristo, que es quien da sentido a la existencia humana y a toda la creación, como lo afirma San Pablo: «Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles…, todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia» (Col 1,15-17). La misma afirmación hace San Juan en el Prólogo de su Evangelio, refiriéndose al Verbo, que en el principio estaba con Dios y que era Dios: «Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto existe» (Jn 1,3).

El tiempo litúrgico del Adviento se extiende durante las cuatro semanas que preceden a la celebración de la Navidad, que contempla el nacimiento de Cristo como uno de nosotros en este mundo. Nadie deja de experimentar en su vida el impacto de ese hecho, que con razón marca el centro de la historia y la divide en antes y después. Este tiempo litúrgico, por su mismo nombre –Adviento significa: Venida–, nos recuerda que el mismo que ya vino en el tiempo, en la humildad de nuestra carne mortal, vendrá de nuevo con gloria al fin de los tiempos: «Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria».

Desde su Encarnación en el seno virginal de su madre María, que es su primera venida, su presencia en el mundo no ha cesado jamás, según su promesa en el momento de ascender al cielo: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Después de la primera venida de Cristo, un solo día privado de su presencia en el mundo habría sido un día inexistente. El Adviento nos invita a tener viva conciencia de esta verdad.

Jesús recomienda dos actitudes que deben tenerse en este tiempo. La primera es esta: «Guárdense de que se hagan pesados los corazones de ustedes por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y que aquel Día venga sobre ustedes de improviso, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Dejemos de lado el libertinaje y la embriaguez, que no sólo mantienen nuestro corazón embotado e incapaz de alzar la mirada a Dios, sino que impiden también cualquier compromiso humano serio. Tal vez, más nos engañan aquellas preocupaciones de la vida, que nos tienen permanentemente afanados y concentrados en este mundo. Jesús no usa el concepto de «vida», que identifica con sí mismo, cuando declara: «Yo soy la vida» (Jn 14,6). Aquí usa la expresión: «preocupaciones bióticas», es decir, de la vida biológica. Son éstas las que embotan nuestro corazón: «No anden ustedes preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán… No anden, pues, preocupados diciendo: “¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?”. Por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe el Padre celestial de ustedes que tienen necesidad de todo eso. Ustedes busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura» (Mt 6,25.31-33).

La segunda recomendación de Jesús para este tiempo de Adviento y para que su Venida no nos sorprenda como un lazo es esta: «Estén en vela, orando en todo tiempo, para que tengan fuerza y escapen a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre». Tomando esta recomendación de Jesús, San Pablo escribe a los cristianos de Tesalónica: «Oren sin interrupción» (1Tes 5,17). Todas las generaciones de cristianos se han preguntado cómo puede cumplirse esta recomendación. La podemos cumplir incorporados a la Iglesia. En efecto, la Iglesia ora incesantemente y nosotros somos miembros de ella por nuestra participación dominical en la Eucaristía: «El pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan… Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1Cor 10,16-17; 12,27). El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ora sin interrupción. Últimamente, han surgido en muchas partes del mundo Capillas dedicadas a la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. En nuestra Diócesis de Santa María de los Ángeles se han levantado cuatro de esas Capillas en las que transcurre la oración durante toda la jornada. Podemos confiar en que allí estamos presentes espiritualmente nosotros, porque esa oración la eleva a Dios la Iglesia de la cual somos parte, si estamos incorporados a Cristo por la Comunión.

Jesús asegura que el momento de su Venida será de alegría para los que estén velando y anhelando ese momento: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, ponganse de pie y levanten la cabeza porque se acerca la redención de ustedes». La redención es el precio que se paga por la libertad de un esclavo. Usando esa expresión, Jesús indica que nuestra condición en este mundo es la de esclavos. Su Venida será nuestra liberación. En ese momento seremos plenamente libres. Lo expresa Jesús diciendo: «Podrán estar de pie delante del Hijo del hombre».

Que este tiempo de Adviento despierte en nosotros el anhelo de la Venida de Jesús y lo expresemos continuamente diciendo: «Ven, Señor Jesús».

                                                          

                                                                     

lee nuestra edición impresa

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes