sábado 19 de octubre, 2019

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Opinión

Mercado laboral y competitividad para el siglo 21

Ignacio Briones, decano Escuela de Gobierno Universidad Católica.


 Por LESLIA JORQUERA

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 De acuerdo al WEF, Chile se posiciona en el puesto 111 en movilidad laboral, 124 en términos de procedimientos de contratación y despido, 114 en costo por indemnización de años de servicio.

 

La semana pasada el Foro Económico Mundial (WEF), junto a la Universidad Adolfo Ibáñez, su institución asociada en Chile, dio a conocer su Índice de Competitividad Global (ICG). Este año el ICG incluye un cambio metodológico mayor consistente en dar un mayor peso a aquellas áreas que se estiman decisivas para la economía del siglo 21 y su revolución tecnológica. En este sentido, siendo destacable que Chile se haya ubicado en el lugar 33 entre 140 países y sea el primero en la región, se reportan importantes desafíos.

Ciertamente la innovación, ámbito en que Chile se posiciona en el lugar 53, es uno de estos retos. De igual forma, la capacidad de incorporar y adaptar TICs a los procesos productivos y a la economía en general, es una desventaja relativa de Chile que lo ubica en el puesto 49, a gran distancia de los países líderes.

Pero, pensando en el siglo 21, hay quizás una dimensión tanto o más importante que las anteriores: los retos para nuestro mercado laboral.

Sabido es que la revolución tecnológica reemplazará puestos de trabajo y categorías ocupacionales completas. El lado positivo es que, simultáneamente, se espera la creación de una serie de nuevas ocupaciones hasta hoy impensables. Según el WEF, de 100 empleos no agrícolas, 7 serán reemplazados por la mecanización en los próximos 4 años, pero, en paralelo, este cambio generará 11 nuevos puestos. No se trata, entonces, de un juego de suma cero, menos aun considerando las enormes potenciales ganancias de productividad que este cambio involucra.

Con todo, la velocidad y amplitud del cambio plantea enormes desafíos para mitigar las consecuencias adversas y para favorecer la reconversión hacia nuevas formas de trabajo.

El primero es la formación de competencias afines al siglo 21. Esto incluye habilidades para un entorno tecnológico, área que Chile se ubica en el lugar 65 en el ICG y en la que, según la OCDE, apenas 2,1% de nuestra fuerza laboral está en nivel elevado. De igual forma, es clave la formación del pensamiento crítico, tema en que el WEF nos ubica en el lugar 81, condición necesaria para internalizar nuevos saberes y adaptarse al cambio. Ello en oposición al desarrollo de habilidades mecánicas y demasiado específicas –paradigma de nuestra educación técnica y superior- que arriesgan quedar obsoletas.

El segundo gran desafío es adaptar nuestra regulación laboral al siglo 21. Ante los acelerados cambios, es crucial que el mercado laboral pueda responder adaptativamente, con agilidad y mayor flexibilidad. De acuerdo al WEF, Chile se posiciona en el puesto 111 en movilidad laboral, 124 en términos de procedimientos de contratación y despido, 114 en costo por indemnización de años de servicio. Todos signos de una rigidez particularmente costosa de cara al siglo 21.

Lo anterior importa un cambio de paradigma en nuestra concepción sobre protección del empleo. Si hoy se acrecienta el riesgo de sustituir trabajo por máquinas, o sea por capital, una normativa laboral rígida exacerba el problema en lugar de aminorarlo. Más flexibilidad, una plataforma robusta de seguros de desempleo y capacitación continua para reforzar competencias y facilitar la reconversión, parecen ser más necesarios que nunca.

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