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Opinión

Mejor es para ti entrar manco en la Vida Mc 9,38-43.45.47-48

+ Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por La Tribuna

28-09-2018_18-46-491__obispobacarreza

En la lectura continuada del Evangelio de Marcos que estamos leyendo este año en el ciclo B de lecturas, percibimos que el evangelista intercala un episodio que rompe la continuidad del tema acerca de los niños. La lectura del domingo pasado terminaba con esta afirmación de Jesús: «El que reciba a un niño como éste en mi Nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado» (Mc 9,37). La continuación normal la leemos en el Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario: «Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor sería para él que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar». Pero entre ambas afirmaciones Marcos intercala un episodio, que tiene como protagonista al apóstol Juan.

«Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno expulsando demonios en tu Nombre, (que no nos sigue a nosotros), y se lo hemos impedido, porque no nos seguía a nosotros”». En esta información del apóstol hay importantes manuscritos que omiten la cláusula: «que no nos sigue a nosotros» (también lo hace Lucas en el lugar paralelo, Lc 9,49). Pero otros manuscritos igualmente importantes la conservan. Y por ser esta la lectura más difícil, se debe considerar la más auténtica. En efecto, es más probable que sucesivos copistas (como hace Lucas) omitan esa cláusula por considerarla redundante.

La cláusula es importante, porque toca al punto central del episodio. Juan usa el verbo «seguir» que en el Evangelio se refiere siempre a Jesús. Es uno de los verbos más usados por Jesús, a menudo en forma imperativa: «sígueme, síganme». Pero aquí Juan lo refiere expresamente «a nosotros», indicando a los Doce, con los cuales Jesús está hablando en ese momento, corrigiéndolos en su afán de ocupar los primeros puestos: «Llamó a los Doce y les dijo…» (Mc 9,35). Con esa actuación el apóstol cree estar en lo cierto y en esto concuerdan los demás: «Se lo hemos impedido». Pero Jesús los contradice diciéndoles: «No se lo impidan, pues nadie hay que haga un milagro en mi Nombre y que pueda luego hablar mal de mí». El grupo de los Doce era en cierto sentido un grupo cerrado. Representan la institución: «Instituyó a Doce» (Mc 3,14). Pero Jesús declara que, incluso fuera de esa institución, se puede tener fe en él, hasta el punto de hacer milagros en su Nombre. La Iglesia fundada por Jesús ‒«mi Iglesia» la llama él‒ existe para anunciar a Jesús y unir a las personas con él. La Iglesia no existe para sí misma, sino sólo para Cristo. Por eso Jesús declara que lo importante es estar unido a él: «Un milagro en mi Nombre… no puede hablar mal de mí». San Pablo lo afirma claramente: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como esclavos de ustedes por Jesús» (2Cor 4,5).

Una vez instruidos en esto, Jesús reafirma su unión con ellos hablando de «nosotros», un pronombre que incluye a los Doce: «El que no está contra nosotros, está a favor de nosotros». Y en la frase siguiente declara que ellos mismos pertenecen a Cristo: «Quien dé a ustedes a beber un vaso de agua, por el hecho de que ustedes son de Cristo, en verdad les digo que no perderá su recompensa». Lo único importante, entonces, es «ser de Cristo».

Luego retoma Jesús el tema de los niños para condenar severamente a quien «escandalice» a uno de ellos. El «skándalon» es una piedra que, puesta en el camino de alguien, lo hace caer y le impide llegar a la meta. Adquiere su máxima gravedad, cuando la meta es Dios, es decir, el fin último de todo ser humano. Y más aún cuando ese obstáculo lo pone quien tiene como misión guiar hacia esa meta. A éste le convendría más que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar. En el avión de regreso desde Estonia a Roma el Papa Francisco se refirió a los abusos de menores por parte de sacerdotes y dijo: «Incluso si hubiera habido un solo sacerdote que abusara de un niño, siempre sería monstruoso, porque ese hombre fue elegido por Dios para llevar al niño al cielo» (25 septiembre 2018). 

Jesús sigue tratando el tema del escándalo, pero referido a uno mismo: «Si tu mano te escandaliza, córtatela… Si tu pie te escandaliza, córtatelo… Si tu ojo te escandaliza, sácatelo…». Y explica, por qué hay que ser tan radicales: «Mejor es para ti entrar en la Vida manco (o cojo o tuerto), que ser arrojado a la gehena con las dos manos (o los dos pies o los dos ojos)». El hecho de que Jesús repita la misma sentencia tres veces indica la importancia que le concede. Dos desenlaces puede tener la vida del ser humano, no existe un tercero: la Vida o la gehenna. La Vida (con mayúscula) es la vida eterna junto a Dios; Jesús la llama también «entrar al Reino de Dios». La gehenna, en cambio, es la condenación eterna. Jesús la describe con dos expresiones: «Al fuego inextinguible… donde el gusano de ellos no muere y el fuego no se apaga». La palabra gehenna viene de la expresión hebrea «ghe ben Hinnom», que significa «valle de los hijos de Hinnom». Designa un valle al sur de Jerusalén, donde los judíos idólatras en los tiempos antiguos ofrecían sus hijos en sacrificio a los ídolos (2Cron 28,3; 33,6). En tiempos de Jesús ese valle era el vertedero de la ciudad, donde se arrojaba a los animales muertos y toda la inmundicia y, para consumirla, ardía el fuego continuamente. Es la imagen de lo que más tarde se llamó «infierno». Al fuego inextinguible, que es tormento físico, Jesús agrega el tormento espiritual: «El gusano de ellos no muere». Se refiere a la permanente recriminación por haber perdido la unión con Dios. En otros lugares Jesús dice: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes», es decir, tristeza e ira.

No es necesario cortarse una mano o un pie o arrancarse un ojo, si antes de llegar a ese extremo, es posible evitar el pecado a que esos órganos nos conducen. Las frases de Jesús son una expresión del valor absoluto de la Vida eterna. Nada, no siquiera la propia vida terrena, puede ser obstáculo para alcanzarla. Es el testimonio que nos ofrece el mismo Jesús con su muerte en la cruz y también todos los mártires, que constelan la historia de la Iglesia y que también hoy son numerosos.

                                                                      

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