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Opinión

11 de septiembre y el miedo del futuro (Parte 2)

Mario Ríos


 Por La Tribuna

05-09-2018_19-04-361__mariorios

 Lo mismo la Plaza Roja. En un sarcófago transparente, yacía Lenin. Su rostro cuidado por médicos especialistas, era visitado por millares de rusos y comunistas de todo el mundo.

El canciller, viajaba hacia Bangkok, yo igual. El participaría en una reunión de la Comunidad de Naciones del Sudeste Asiático y yo seguía viaje a Manila, a un encuentro de Habitat, organismo de las Naciones Unidas, en un panel con la vicepresidenta de Filipinas, Gloria Macapagal. Hay siempre  interés por oír a Chile en políticas de vivienda. Pocos países pueden mostrar un éxito tan rotundo en esta materia y que Chile domina ampliamente.

Una larga fila de chinos, especialmente campesinos se preparaban para ver el cuerpo embalsamado de Mao Zedong.  Este líder, también profesaba la doctrina comunista. En los últimos años de su mandato de gobierno, cuyo edificio institucional, se ubica frente a la Ciudad Prohibida, antigua sede imperial, y a pocas cuadras de la actual “Ciudad Prohibida”, lugar de residencia de los actuales líderes todo esto en Beiging, Mao, decimos, puso en marcha la Revolución Cultural. Quién sabe si es único ejemplo en el mundo, cuyo objetivo fue, por la fuerza, cerrar todo atisbo occidental o confuciano, permaneciendo como único referente social, su gobierno que, recogiendo aspectos primarios del marxismo, con el correr de los años, fue modificándose a tal punto que hoy, China es uno de los más evidentes ejemplos de la libertad económica en el mundo moderno. El Partido Comunista chino, es hoy la más grande colectividad política que ha existido en la historia universal, tiene 80 millones de miembros asociados pero, como ellos explican, “al revés de los comunistas occidentales, el Chino crece, cuando la economía crece, en cambio en occidente, desaparece cuando la economía crece”.  Algunas décadas atrás, en nuestra América Latina, campeaban los grupos “Maoísta”, repletos de odio y resentimientos sociales. Hoy, desaparecieron todos. Más bien, China, se transformó en un incordio el mismo 11 de Septiembre de 1973, a las 15 horas para ser más preciso, cuando su gobierno, encabezado por el mismo Mao Zedong, reconocía el Gobierno Militar chileno, que asumía en horas de la mañana de ese mismo día. ¿Qué había ocurrido? Los tiempos que habían dado origen a las razones de su revolución, ya se terminaban y Chile daba el primer paso. 

 

Lo mismo la Plaza Roja. En un sarcófago transparente, yacía Lenin. Su rostro cuidado por médicos especialistas, era visitado por millares de rusos y comunistas de todo el mundo. El recuerdo de la Revolución de Octubre, estaba presente en aquellos marxistas que con rostro lloroso observaban a su líder. Años posteriores, uno de sus más fieles seguidores, Stalin, autor de millones de muertos provocados por las razias de la KGB y grupos bolcheviques diversos, se sentía muy orgulloso, la Duma, parlamento soviético, había aprobado una ley fundamental de tan solo un artículo: “Dios no existe”, dándole las herramientas necesarias para demoler cuanto templo ortodoxo cristiano tuvo a la vista. Los aires imperiales se manifestaban en todo el quehacer de su gobierno y de los que continuaron hasta 1989 en que la Perestroika, puso fin al terror desplegado en todos los puntos cardinales de este planeta. El Muro de Berlín, “Muro de la Vergüenza”, caía despedazado por los que querían ser libres, vivir los valores de la propia naturaleza, practicar su espiritualidad y gozar de la diversidad.

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