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Opinión

Apuntes sobre literatura, lectura y cultura

Dr. Cristhian Espinoza Navarrete, jefe Unidad de Extensión Universidad de Concepción Campus Los Ángeles.


 Por La Tribuna

03-09-2018_19-45-391__christhianudec

 ¿Cómo se motiva a leer y no estar frente a la TV o la tablet o el Smartphone o el pc? si todo eso implica una marea de entretención fácil y llena de códigos socializados rápidamente por los niños, niñas y jóvenes en las redes virtuales (más que sociales).

Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen, nos dice George Steiner. El poder indeterminado de los libros, continúa el autor francés, es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. De hecho, una misma lectura puede tener efectos distintos en un mismo lector, en distintos momentos de su vida. 

Empezaré por declarar que me gusta mucho la lectura. Disfruto leyendo tal como otros deben disfrutar viajando o corriendo o soñando o conversando. Y es, para mí, casi todas esas cosas juntas. Entiendo, sin embargo, que la práctica de la lectura no es igual para todos. Quizás, sea una obviedad, pero no debería serlo, pues, según he visto, cuando niños, salvo excepciones, percibimos la lectura como una actividad del todo deseable. Esto, por supuesto, antes de entrar al colegio, antes de que el colegio, salvo honrosas excepciones, nos quite ese deseo inicial.

Una constatación muy dura la realizo con mis estudiantes de pregrado: pese a que todos consideran que la lectura es altamente positiva, beneficiosa, un deber, un derecho inalienable… al momento de consultarles por sus propios hábitos de lectura, más allá de los apuntes y fotocopias de lecturas académicas, abunda el silencio más profundo, salvo honrosas y escasas excepciones. Hay aquí una tensión que tiene unas raíces profundas en nuestro sistema educativo.

Por cierto que, un sistema educativo férreamente anclado en la disciplina y la norma, ha de generar unas resistencias no menos férreas (ya nadie lee, ya nadie escribe, ya pocos escuchan). Situado en un contexto actual, además, toda una serie de elementos ubican a los estudiantes (niños, jóvenes y adultos jóvenes) en una esfera (o en unas esferas) totalmente ajena a esta actividad silenciosa y necesariamente individual que es la lectura. ¿Cómo se motiva a leer y no estar frente a la TV o la tablet o el Smartphone o el pc? si todo eso implica una marea de entretención fácil y llena de códigos socializados rápidamente por los niños, niñas y jóvenes en las redes virtuales (más que sociales).

Habrá que enseñar literatura sin libros. Y leer deberá ser una actividad más de las que realizamos frente a una pantalla. Pero, incluso así, la lectura de textos que no sean breves fragmentos de diálogos (whatsapp) o arrebatos intelectuales (twitter) o estados de ánimo (facebook), etc.,  parece ser una actividad distinta a lo que era hasta hace sólo 20 años atrás. Sentarse, leer, recogerse sobre uno mismo. Pensar, fantasear. Imaginar. Todo eso y más son actividades que propician el acto sencillo de recorrer con la vista signos impresos en una superficie. Una actividad sencilla y al mismo tiempo compleja.

Acercar a los estudiantes a esa actividad constituye, así, un reto. Y una declaración de principios no basta, por cierto, para hacer clases desafiantes. Sin embargo, la acción debe enmarcarse en un proceso de reflexión constante relacionado con las propias prácticas con las que se lleva a cabo la docencia. Se trata de una didáctica fundada en la reflexión sobre el hacer.

 

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