martes 10 de diciembre, 2019

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Opinión

La Iglesia ha muerto

Santiago Acevedo Ferrer, abogado y católico.


 Por LESLIA JORQUERA

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 Antes de pedir el milagro, antes de resucitar, debemos demostrarle al mundo que somos una institución organizacional y humanamente honesta y decente.

Me parece que la Iglesia Católica en Chile, a la que pertenezco, está mostrando signos de muerte. La totalidad de su episcopado ha renunciado a sus cargos y siguen apareciendo casos de abusos, antiguos y recientes. Su institucionalidad ha demostrado no estar a la altura de la defensa de sus fieles y sólo gracias al periodismo y la valentía de algunas víctimas ha empezado a reaccionar. Se constatan deficiencias estructurales desde la selección de sus ministros hasta la aplicación oportuna de sanciones. No se descarta que sigan saliendo a la luz pública más y más abusos con sus correlativos encubrimientos. Lo anterior va aparejado de un decreciente número de chilenos que se identifica con esta institución y un porcentaje también decreciente (que no pasa del 10%) de feligreses que celebran su misterio de forma activa.

Además de la resurrección del propio Jesús, los evangelios narran tres resurrecciones obradas por el Hijo de Dios: la de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún (Marcos 5:21-42), la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lucas 7:11-17) y, la más significativa, la de Lázaro (Juan 11:1-44). Dejo fuera un versículo muy misterioso que menciona al pasar muchas resurrecciones de santos que se obraron nada más murió Jesús en la cruz (Mateo 27:52).

Cada una de las tres resurrecciones mencionadas tiene sus notas distintivas. La de la niña de 12 años e hija de Jairo es precedida de una petición expresa de su padre mientras agonizaba. Y la niña muere antes de que Jesús llegue. En el caso del muchacho, Cristo interviene en el cortejo fúnebre, le pide a la madre viuda que no llore y toca el féretro al tiempo que le pide al difunto que se levante. En el caso de Lázaro, Jesús es avisado cuando su amigo agonizaba, pero llega aún más tarde que en los otros dos casos al lugar de los hechos: cuando Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro y ya hedía a putrefacción. Pero en todos los casos el resultado fue el mismo: Jesús volvió a la vida a la niña recién fallecida, al muchacho camino al sepulcro y al amigo podrido en su tumba.

Para quienes tenemos fe, no es descartable que Jesús obre un nuevo milagro respecto de su Iglesia Chilena cuyas deficiencias institucionales apuntadas han producido tanto daño a tantas víctimas. Porque no me parece sincero explicar esta crisis con la imagen de las manzanas podridas. Lo que está podrido es el manzano, no sólo las manzanas. De otro modo, la multitud de abusos sería una mera coincidencia, lo que no es creíble ni menos explicable.

Pero, ¿de qué serviría resucitar a una institución, recobrar su fervor orante, volver a embellecer su liturgia, repletar sus seminarios, potenciar su labor ecuménica y reavivar su acción solidaria si no internalizamos las tristes lecciones aprendidas? Si nada cambia, me parece que no nos merecemos resucitar. Por el contrario, antes de pedir el milagro, antes de resucitar, debemos demostrarle al mundo que somos una institución organizacional y humanamente honesta y decente.

Entre las medidas institucionales que debiéramos adoptar me parece que se encuentran: (1) el nombramiento de nuevos pastores que “goce[n] de buena fama ante los de fuera” (1 Timoteo 3:7); (2) el establecimiento de criterios objetivos y medibles de salud mental para elegir a sus ministros; (3) la evaluación periódica del desempeño de sus ministros y de su idoneidad para seguir sirviendo a la Iglesia; (4) el establecimiento de una institucionalidad eclesial dedicada a la defensa de los fieles, investigación de denuncias y que cuente con independencia suficiente para adoptar decisiones vinculantes para el titular de la diócesis; (5) reportabilidad, transparencia y auditoría en los ingresos y justificación de gastos de la diócesis, de cada una de sus parroquias y de sus ministros; (6) protocolos de comportamiento con menores y con feligreses en general que sean conocidos de todos y (7) el establecimiento de comunidades de sacerdotes diocesanos que les permitan llevar vida en compañía de otros sacerdotes y se evite la soledad en la que muchas veces se encuentran.

Sólo entonces, sólo una vez que hagamos de nuestra Iglesia un lugar humanamente seguro para vivir y confiable para nosotros y nuestros hijos, me parece que seremos dignos de escuchar la voz de quien asegura ser la resurrección y la vida y que le dijo a los tres difuntos: “Niña, a ti te lo digo, levántate”, “Muchacho, a ti te digo, levántate”, “¡Lázaro, sal fuera!”.

Santiago Acevedo Ferrer

Abogado y católico

 

 

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