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Opinión

Episcopado: crisis y renuncias

Con la mayoría del episcopado chileno ha ocurrido algo similar al mundo político, el ensimismamiento, el haber cambiado el centro de sus afanes, el servicio a los fieles y en especial a los pobres, indefensos y desvalidos.


 Por La Tribuna

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Fue largo el día referido al episcopado chileno. Miles de palabras a partir de la carta del Papa. Y el desafío es no incurrir en un ejercicio meramente intelectual o en un juzgamiento moral colectivo como mera catarsis. La reflexión debe apuntar más bien a colaborar en que resplandezca  la verdad total, de allí a la justicia, en especial de las víctimas que recién en la hora nona fueron consideradas y que son los verdaderos héroes o mártires de esta  dolorosa realidad.

Existen dos ámbitos que pueden iluminar; el primero es lo que proporciona el mismo canon de la doctrina cristiana y el segundo, la racionalidad propia del análisis epistémico o crítico y sus dilemas éticos.  ¿Se puede decir que es la crisis más grave que ha afectado a la iglesia chilena? Todo indica que sí,  porque  es del episcopado, el sacerdos por excelencia; no es un golpe al corazón, porque éste es el pueblo fiel, pero sí a la estructura eclesiástica; a ese edificio espiritual construido con una arquitectura doctrinaria sólida y consistente a lo largo de los siglos.

Y la palabra crisis en esta oportunidad se ha apropiado de todas las acepciones que contiene: separación, disputa, juicio, decisión, resolución, sentencia y de modo eminente, discernimiento. Y su primera consecuencia, la renuncia masiva de todo el episcopado. ¿Es que el cristianismo no contiene de modo suficiente una luz que guíe a sus pastores para que cumplan a cabalidad su compromiso sacerdotal? Por cierto, están los evangelios, su doctrina que sustenta toda la cultura actual, el magisterio con sus concilios y encíclicas. Y por si no bastara aquello, está el ejemplo vivo de cristianos que han vivido de manera excelsa las virtudes mayores. Quiero mencionar a  las dos únicas doctoras que tiene la Iglesia Católica, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena. La primera una luz poderosa en su escritura y en su vida mística y un modelo de innovación doctrinaria. La segunda, patrona de Italia y de Europa; sin educación formal, pero con la sabiduría y la fortaleza  para enfrentar incluso al Sumo Pontífice a que cumpliera su deber.

Alguna de esas virtudes extraordinarias no se observa en los pastores llamados a conducir a la grey. ¿Desidia, incompetencia, venalidad? Hubo no hace mucho, alto vuelo intelectual episcopal adornado además con entereza moral. Por otra parte, con la mayoría del episcopado chileno ha ocurrido algo similar al mundo político, el ensimismamiento, el haber cambiado el centro  de sus afanes, el servicio a los fieles y en especial a los pobres, indefensos y desvalidos. Por eso no escucharon a sus víctimas. Se olvidaron  de la dignidad de la persona humana, imagen y semejanza de Dios, del alter Cristus. El valor de un niño es infinito y mayor que cualquier consideración, incluso que la Iglesia como institución. Misma realidad que el mundo político hasta el día de hoy no asimila.

Se requerirá mucha claridad intelectiva y grandeza de espíritu. Un aterrizaje al mundo de la humildad Teresiana, aquella que está revestida de verdad. En esos dramáticos episodios vividos, su carencia fue ostensible en toda la jerarquía eclesiástica, incluso de su cabeza. Es algo providencial que de los juicios destemplados se haya pasado a una luminosa reflexión y exhortación al episcopado chileno. Urge un cristianismo del tercer milenio que dé cuenta de las complejidades de la vida actual. Quizá, una vez más, del pueblo fiel salga una Catalina que obligue al Papa a salir de Avignon y retornar a Roma.

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