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Opinión

La cuestión de ser o no ser mediocre

Mario Ríos Santander


 Por La Tribuna

15-11-2016_21-36-25MARIORIOS

La determinación de sociedad mediocre, en estos tiempos que se analiza todo y se dice todo, es una cuestión de interés social. Y me imagino que a nosotros los chilenos nos gustaría saber si somos o no una sociedad mediocre.

Mediocre. En el Diccionario tiene dos acepciones: 1.- “De calidad media”, y 2.- “De poco mérito, tirando a malo”. ¿Estaremos en esto de la calidad media o, peor aún,  “tirando a malo”?

Los países cuya cultura es relevante y tienen una sociedad responsable no tienen necesidad de dictar leyes a cada rato. Más bien, siguiendo la opinión aristotélica, aquella que nos recuerda que “la ley es la manifestación de los mediocres”, por cuanto ella, la ley es una manifestación absoluta, sin consideración alguna de la riqueza social o capacidad individual, dichos países dictan una ley en los extremos de la necesidad institucional.

Nosotros los chilenos dictamos ley para todo, vamos en la número 21.540 y el Congreso sigue impertérrito dictando dos o tres diarias, y los parlamentarios en la máxima expresión de su irresponsabilidad, anunciando que han presentado “200 proyectos de leyes”, como si aquello fuera un mérito. Y lo más grave es aquella absurda proclamación: “la ley se supone conocida”. Como si hubiese alguien en Chile que conociera 21.540 textos. Todo absurdo.

La huelga de los trabajadores públicos, incluyendo los epítetos de “ministro maricón”, vociferado por una mujer en el Congreso Nacional, sus desfiles, pancartas, gritos y rostros odiosos, dan cuenta de un país que es incapaz de tener una comunicación con fundamentos verdaderos. Es tan atractiva la fuerza que más vale utilizar la irracionalidad que la conversación. Nada importa de lo que ocurra en el resto, tampoco importa el drama familiar.

En Chillán, una doctora operaba una cesárea de urgencia y de pronto se abren las puertas del pabellón e ingresó una turba, guiados por un dirigente, que daba órdenes de detener la operación. Imaginamos el rostro pavoroso de la mujer que se aprestaba recibir a su hijo. La razón de tales gritos era que dicha cesárea “quebraba el movimiento huelguístico”. Inhumano, feroz, aquellos que gritaban dentro del pabellón era la imagen de un país cuya mediocridad alcanzaba los más altos niveles.

Recorrer los caminos del mundo es percatarse de que los chilenos son los únicos que tienen policías en sus edificios, variados carros, luces de emergencia, conos naranjas y cientos de policías controlando el tránsito. Y aun así, cada fin de semana largo, como una lotería, se anuncia el premio gordo: “32 muertos, cuatro más que el año pasado”. Y siguen conduciendo borrachos, otros a 140 km/hr, más allá, en la berma con un sándwich en la boca, expuestos a la velocidad de la carretera, “el primer desayuno del viaje”. Gastamos miles de millones de pesos en todo este entramado de irresponsabilidades y no hay para cuándo terminar.

¿Mediocre? Algo duro calificar a una nación de esa forma, pero convengamos que en estos tiempos, los chilenos hemos dado muestra de una mediocridad cuyos alcances, insospechados, debilitarán nuestra sociedad, y un país en tales condiciones (“bananero”… los más conocidos) pierde valor en el mundo.


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