domingo 17 de noviembre, 2019

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Floridor Pérez: el profesor y poeta que vivió en Mortandad


 Por La Tribuna

floridor

Por Juvenal Rivera

Los 16 años que estuvo en la escuela de Mortandad, ubicada en el sector nororiente de Los Ángeles, marcaron para siempre la vida del profesor y poeta, Floridor Pérez Lavín, quien falleciera a la edad de 81 años el pasado 21 de septiembre en la Región Metropolitana.

Nació en Puerto Yates, en la comuna de Cochamó, el 13 de octubre de 1937. A la edad de 21 años, en marzo de 1958,  y ya con el título de profesor normalista bajo el brazo, fue enviado a trabajar a la escuela rural del sector Mortandad.

Sin embargo, pese a estar en un lugar apartado – “treinta kilómetros de polvo en verano y de barro en invierno” -, eso no fue impedimento no sólo para educar a decenas de generaciones de niños y jóvenes de esa zona campesina, sino para llevar a cabo una prolífica vida literaria que se tradujo en varias publicaciones, algunas de las cuales recogen los cuentos y la tradición rural.

Además, por más de 10 años – en la década del 60 y principio de los ’70 – tuvo una página quincenal en el diario La Tribuna donde escribía sobre poesía y narrativa, sobre los autores consagrados, sobre los nuevos portentos. Por esas páginas circularon creaciones de Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas y Jorge Tellier, entre muchos otros. En la radio Agricultura tuvo un programa donde también abordaba una temática similar.

Días después de ocurrido el golpe de Estado, fue requerido a través de un bando militar. Ahí fue apresado y torturado en el regimiento de Los Ángeles y después derivado a la isla Quiriquina. De esa vivencia está el libro “Cartas de Prisionero”, publicado en México en 1984, que era los poemas que le escribía desde su reclusión a Natacha, quien fue el gran amor de su vida.

Relegado en el norte, recién en los años 80 pudo retomar su labor docente, ahora a nivel universitario. Fue formador de generaciones de poetas nacionales en los talleres impartidos por la Fundación Pablo Neruda, labor que realizada junto a su gran amigo, el también poeta angelino Jaime Quezada.

Varias veces volvió a Los Ángeles, la mayor parte de las veces como expositor en temas literarios. También, en los ‘90, retornó al sector de Mortandad, donde compartió recuerdos y vivencias con quienes fueron sus alumnos y vecinos en los años 60. En esa ocasión también donó libros para la biblioteca de la escuela.

En sus memorias, en las cuales estaba trabajando en los últimos años, Floridor Pérez revive lo que fue su experiencia en la zona de Mortandad y sus jornadas con otros profesores normalistas, con quienes se reunía cuando coincidían en Los Ángeles. “Solíamos juntarnos los días de pago en el Bar Chile o en el Hotel de France ¿Y de qué hablaba aquella gloriosa generación de ilusos? Compiten a quién trabajaba más lejos, con mayores dificultades, con menores recursos. El orgullo de uno que cabalga kilómetros para tomar una destartalada “góndola”, cedía ante otro que se vanagloriaba de trepar de madrugada a un camión lechero que lo trasborda a un tractor que recibía la leche y regresa con los tarros vacíos”.

También rememora la ocasión en que envió una carta a La Tribuna con ocasión de la vez en que “hubo unas grandes lluvias con ventoleras tan terribles que quebraron o derribaron todo el bosque de pinos frente al recinto de mi escuela, al otro lado del puente sobre el río Curanadú. Era un tiempo en que vivía solo, de modo que cuando volaron los zinc de mi techo, puse mi mesa de patas de mimbre y cubierta de cholguán sobre mi cama, tomé mi máquina y escribí una carta que -tras contar esto y explicar que en el patio dormía la madera para una sala prefabricada que debía enviarnos la Intendencia- avisaba a los angelinos que, si veían unos objetos metálicos no identificados volando sobre sus cabezas, no eran platillos voladores, sino el techo de mi escuela…

Un periodista del diario y de la radio Agricultura la leyeron en un noticiario y la envío al Austral de Temuco, que la reprodujo. Bueno, como al tercer día llegó un camión con zinc, arena y maestros, y un jefe que muy choreado les encomendaba trabajar rápido, antes que reclamáramos al Presidente de República.

Eso estaba de más, pues yo no era amigo de Frei, como sí de su intendente Guillermo Diez Urzúa, profesor de Literatura del Liceo de Niñas y dueño de la Librería El Cid”.

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