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Los errores de medida para una pobreza que ha mutado


 Por Renato Segura, Centro de Estudios Cerregional

02-11-2017_19-55-391__RenatoSegura

La mirada de la línea de la pobreza no ha variado sustancialmente de lo establecido en 1987. En enero de 2015 el Ministerio de Desarrollo Social introdujo una serie de modificaciones en la metodología tradicional con el objetivo de reflejar los hábitos de consumo prevalecientes. Algunos de ellos se relacionaron con el cambio del indicador de bienestar de los hogares, reemplazando el ingreso per cápita por el ingreso por persona equivalente del hogar (donde se incorpora la existencia de economías de escala en el consumo al interior de los hogares); y el establecimiento de líneas de pobreza sin diferenciación por zona urbana y rural.

Empero, a pesar de dichos cambios, se ha mantenido invariable el criterio de medir la pobreza a través de la capacidad de consumo de los hogares recogida cada cinco años por la Encuesta de Presupuestos Familiares EPF que realiza el Instituto Nacional de Estadísticas INE. La razón, es la definición de pobreza que utiliza el Ministerio de Desarrollo Social, a saber, “es la condición en la cual las personas no tienen los recursos suficientes para satisfacer de manera adecuada sus necesidades básicas”. A partir de dicha definición se establece la línea de pobreza extrema por persona equivalente LPE en $117.750 y la línea de la pobreza por persona equivalente LP en $176.625. Por tanto, la medición de la pobreza se realiza comparando el ingreso por persona equivalente del hogar con los valores LPE y LP. Lo que significa que, derrotar la pobreza, es lograr que el hogar perciba ingresos por persona equivalente superior al valor de la LP.

En octubre de 2019 sucedió un evento social que sorprendió al mundo. Se había generado un estallido social de proporciones insospechadas para un país que era considerado un modelo de prosperidad y reducción de la pobreza. Para muchos, el malestar social se relaciona con la brecha de ingresos. Sin embargo, dicha explicación es incompatible con estudios internacionales donde el malestar social, en los niveles que mostró Chile a partir de octubre de 2019, se relaciona mucho más con la pérdida de ingreso que con el aumento de la desigualdad (Deaton y Kahneman).

La evidencia disponible en Chile revela que el ingreso monetario real de los hogares ha aumentado durante los últimos 30 años. En el caso de los deciles de menores ingresos, las transferencias monetarias de la política social han más que compensado la pérdida de ingresos autónomos. Los deciles de ingreso medio (del V al IX) – los que mayoritariamente salieron a las calles a manifestar su malestar – mostraron aumentos positivos tanto en ingresos autónomos como monetarios. Frente a la ganancia de ingresos, ¿qué justifica el malestar social?

Dos cosas quedan meridianamente claras: (i) la pérdida de ingreso es la causa dominante en el aumento del malestar social y (ii) en Chile se ha revelado un aumento del ingreso y del malestar social. Por tanto, es posible concluir que la pobreza está mal definida y/o los indicadores de la pobreza no la miden adecuadamente.

Todo hace pensar que, terminada las restricciones de la pandemia, las calles del país volverán a ser testigos del creciente malestar de la población. Mientras la ola social está contenida por el estado de excepción, tenemos una oportunidad para actualizar la medida de pobreza, tarea que no será fácil, toda vez que primero debemos definir con precisión lo que queremos medir.

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