domingo 22 de septiembre, 2019

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EDICIÓN IMPRESA

Alimentando el alma


 Por La Tribuna

Gino Paoli Benedetti
Académico del área Hotelería, Turismo y Gastronomía
Inacap Los Ángeles

Al igual que nuestro gusto y definiciones por la comida, expresamos a diario lo que nos motiva o de manera poética y aquí cayendo en el romanticismo “lo que nos alimenta el alma”. O será acaso, ¿Qué estamos frente a una sinergia colectiva?, inserta en los absurdos y violentos parámetros de la competencia, donde nos vemos obligados a seguir patrones y demostrar algo que día a día nos exige la sociedad. Ósea ¿me gusta la comida casera o la tailandesa? O ¿la consumo porque a otro individuo le gusta? Es aquí donde surge la pregunta y el replanteamiento, ¿es esto lo que queremos? O sencilla y de manera paradójica, es lo que estamos obligados a seguir o hacer. La respuesta a esta interrogante, parece ser difícil, pero créame que de manera casi automática respondemos lo que la sociedad quiere escuchar. Ya que tener el coraje para parar el tren y tomar la decisión de bajarnos de este, no seguir o cambiar de andén, no es para nada fácil, ya que en muchas ocasiones prevalecerá, cuestionamientos como ¿el qué dirán? O el ¿pero cómo?

En los orígenes de las culturas amerindias, existía como filosofía de vida, la concepción  de seguir el transcurso de la vida, de acuerdo a la interpretación de los sueños, donde ocurrían las manifestaciones o señales de los ancestros, acompañado todo esto, de lo que sentía el corazón. Entonces el joven de una tribu o comunidad, si sentía o manifestaba su interés por ser guerrero, se le instruía para ello y aquel que soñaba con ser curandero, habitaba con los más sabios, para entender e interpretar los ciclos de la naturaleza. De esta forma y casi sacada del realismo mágico de los libros de García Márquez, se lograba portentosamente una armonía y un equilibrio dentro de la aldea. A simple vista y de manera garante frente a sus predilecciones, cada uno cumplía sus sueños y objetivos, siendo un ser feliz conllevándolo a ser un aporte en su medio y no transformándose en lo que les exigían sus pares, viviendo de esta forma en plenitud con su ser, disfrutando el ser feliz.

 Con el pasar de los siglos y con los innumerables choques de culturas, esto fue cambiando y quedando en el olvido. Acrecentándose el ego, la lucha por el poder y por el demostrar de una manera casi enfermiza, que somos mejor que el otro, transgrediendo la nobleza de nuestros valores y sueños. Ya que hoy, se lucha por quién tiene el mejor auto, quién sale de vacaciones más lejos o quién tiene la mejor “pega” dicho en buen chileno. Donde nos despreocupa , el si somos realmente felices o sí he cumplido mis sueños en este mundo, olvidando ese sorprendente sazón que nos mueve y que necesita nuestra esencia, que nos define como únicos, ese mismo que le da la enjundia a nuestra vida, así como el cilantro en la cazuela o la harina en la chupilca.

Estamos a tiempo de replantearnos y observar, si es esto lo que queremos, si es lo que realmente nos hace vibrar. De alguna u otra forma, somos todos seres pensantes, capaces de entender y saber que tan felices somos. No exista duda alguna que estamos en este planeta para respetarlo y ser felices, para sintonizar la armonía y revolver esa olla llamada vida, para que con la justa medida, encontremos los ingredientes que nos motivan,  para respondernos de manera intencionada y agradecida, si esa bebida que consumimos a diario, decido tomarla caliente o fría, para que al comenzar cada día, consideremos abrir nuestra alacena interna y descubrir  el condimento perfecto que nos motiva. 

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