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La Tribuna

Rere: patrimonio, historia y tradición en uno de los pueblos más antiguos del Biobío

por Octavio Pérez

De ser la "Estancia del Rey" a emitir billetes propios, esta histórica localidad de la región del Biobío resiste tenazmente al olvido, resguardando con orgullo su valioso patrimonio jesuita, sus tradiciones campesinas y una identidad inquebrantable.

El fuerte sismo de 2010 visibilizó la urgencia de rescatar el pueblo y, en 2012, el Conjunto Jesuita de Rere fue declarado Monumento Nacional Histórico. / FB: Rere pueblo mágico

Un serpenteante camino separa a la comuna de Yumbel del apacible pueblo de Rere. Al caminar por sus calles custodiadas por casonas de adobe, resulta difícil imaginar que este rincón fue un vital enclave militar, emporio agrícola y centro espiritual de La Frontera.

Hoy, Rere parece languidecer, pero sus muros, su campanario y su gente se niegan a que su historia se convierta en polvo.

ORIGEN Y SANGRE EN LA FRONTERA

La historia de Rere se forjó intensamente entre cultivos y sables. Fundada el 24 de diciembre de 1586 por el gobernador Alonso de Sotomayor como Fuerte de Nuestra Señora de la Buena Esperanza de Rere, la localidad fue pieza clave para la contención de tropas en la guerra de Arauco. Su nombre, Rere, proviene de los pájaros carpinteros que habitaban en sus tupidos bosques nativos.

Su vital importancia militar se complementó con una excepcional destreza agrícola. En 1603 se instaló la "Estancia del Rey", un vasto territorio de cultivo de trigo y ganadería que abasteció a las tropas españolas. Sin embargo, la tensión con el pueblo mapuche era constante, resistiendo embates de líderes como Pelantaru. En 1655, el poblado y sus haciendas sufrieron una destrucción casi total durante un gran alzamiento indígena que obligó al gobernador español a huir hacia Concepción.

EL LEGADO JESUITA Y LA FE DE UN PUEBLO

Para apaciguar el conflicto, la Corona y los sacerdotes jesuitas impulsaron la "Guerra Defensiva", estableciendo misiones evangelizadoras. En 1612 se estableció la misión jesuita en Buena Esperanza, la cual posteriormente fue elevada a Colegio, consolidando a Rere como un influyente centro de fe.

Dos grandes símbolos coloniales sobreviven hoy. El primero es el Padre Juan Pedro Mayoral, quien llegó en 1735 a cuidar a la comunidad; tras su muerte, el pueblo lo veneró como santo, y aún se conserva la palma chilena que él mismo plantó. El segundo símbolo son las legendarias "Campanas de Oro". Fundidas en 1720 por Dionisio Rico de Ruedas, la tradición cuenta que las damas donaron sus joyas de oro y plata, otorgándoles una aleación única y un tañido irrepetible que aún resuena en el valle.

ORO, VINO Y BILLETES PROPIOS

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, Rere fue fundada nuevamente como Villa San Luis de Gonzaga en 1765, ordenando su pujante estructura urbana. Aunque el siglo XIX trajo los estragos de la Guerra a Muerte y el terremoto de 1835 ("La Ruina"), el pueblo experimentó un gran auge económico entre 1835 y 1870.

La explotación a gran escala de los lavaderos de oro en las minas de Matamala y una floreciente producción vitivinícola marcaron la economía regional. Las inmensas carretas cargadas con pipas de vino tenían a Rere como paso obligado hacia Buenuraqui para ser embarcadas por el río Biobío. La prosperidad fue de tal magnitud que, en 1889, un visionario grupo de vecinos fundó el "Banco de Rere", encargando la impresión de sus propios billetes a una imprenta en Londres.

EL OLVIDO Y LA RESISTENCIA PATRIMONIAL

El siglo XX, sin embargo, fue ingrato con el apacible poblado. El trazado del ferrocarril excluyó a Rere, marginándolo del desarrollo industrial, a lo que se sumó el decaimiento agrícola y la pérdida de su estatus como municipio al pasar a depender administrativamente de San Rosendo en 1927 y luego de Yumbel. Los terremotos de 1939 y 1960 destruyeron gran parte de su arquitectura, provocando un éxodo masivo.

Pero el viejo adobe comenzó a despertar. El fuerte sismo de 2010 visibilizó la urgencia de rescatar el pueblo y, en 2012, el Conjunto Jesuita de Rere fue declarado Monumento Nacional Histórico. Hoy, la rica identidad rerina se sustenta en la memoria oral y en espacios como el Museo de Rere y la Casa Cano, que preservan celosamente su legado.

La cultura local se mantiene viva a través de su gastronomía, la cerámica de greda de Campón y la multitudinaria celebración del "Estofado de San Juan" cada junio. Rere ya no es la poderosa villa de antaño, pero sus vecinos se han convertido en inquebrantables guardianes de una herencia invaluable, apostando por el turismo para asegurar que sus campanas de oro nunca dejen de sonar.

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