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Los Ángeles: una ciudad para la nostalgia (segunda parte)

A continuación, entregamos la segunda parte y final del artículo escribo a principio de los años '70 por el destacado poeta Jaime Quezada, que retrata a la ciudad de Angeles de sus tiempos de infancia y adolescencia. Dicha publicación apareció en la revista "En Viaje" de la Empresa de Ferrocarriles del Estado (EFE) y está disponible en el archivo de la Biblioteca Nacional.


 Por Juvenal Rivera

Foto L.A. Antigua

LOS ANGELES TESTIMONIAL

Las entretenciones y espectáculos aparecen tarde, mal y nunca. Para no perder el alma de aburrimiento uno se mete al cine Imperio a ver películas de cow boys o de Marilyn Monroe. O quedarse en medio de la Plaza de Armas escuchando la banda instrumental del regimiento Andino una tarde de sábado o una mañana de domingo en ese quiosco de la música, viejo y antiguo, con un aire de adorno, de original atracción y belleza. Si se mira con calma se verán por los cuatro costados unas esculturas de puro mármol que no todos observan por aquello de ser poco observadores a las cosas gratas. Mi padre dice que representan las estaciones del año. Lo bueno se pone sí al mediodía de los domingo, a la salida de la misa de la parroquia San Miguel, después de haber escuchado la prédica del cura párroco Gonzalo Arteche. Es cosa de permanecer en la esquina de la plaza. Se ven las mejores y más bonitas mujeres como no hay en otros lares.

Pero la Plaza Pinto, en el barrio Sur, es la preferida de enamorados y suicidas. Allí damos vueltas y vueltas en bicicletas arrendadas por una o dos horas en los talleres Sarpi, en la segunda cuadra de la avenida Ricardo Vicuña. Sin embargo, el símbolo de la ciudad es la Laguna Esmeralda, frente a la Estación de Ferrocarriles. Allí se planean las primeras cimarras, se aprende a fumar en los botes a remo, se estudia tomados de la mano con muchachas en la víspera de los exámenes; atardeceres, sauces y agua dan una sensación de lejanía y de nostalgia.

Frente a la Plaza de Armas, al lado de la iglesia parroquial, está el Club de la Unión, fundado por familias ahora venidas a menos. Cada año presentan a sus hijas quinceañeras en sociedad, entre espejos, lámparas y fiestas de gala. Es un lugar vedado para muchos. Los otros angelinos, los de un sueldo o un salario prefieren jugar al cacho en el bar del hotel de France en el mismísimo lomo del río Quilque. O escuchar tangos y canciones mejicanas en los wurtlitzer de los bares del barrio Estación. O comerse unas patitas de chancho en el Splendid, el Lucerna o el restaurant El Pollito de la calle Almagro, arriba donde las botellas de vino bailan solas. Se come y se toma como si el mundo se fuera a acabar el día siguiente. No hay funcionario público que no tenga su buena panza y su mal genio.

Pero los cielos de Los Angeles son azules como los de pocas ciudades. Temprano, los barrenderos municipales limpian las calles después de una Fiesta de la Primavera, de un temporal de junio o agosto, de una elección de diputados con cientos de campesinos que bajan a la ciudad en camiones patronales.

A mis cinco y más sentidos, así es Los Angeles. Una ciudad hecha un poco a la buena de Dios. Cuando yo vivía en la primera cuadra de calle Bulnes, entre la capilla de las Monjas de la Caridad y la Comisaría de Carabineros. Cuando me despertaba el lento sonido de las herraduras de los caballos-panaderos, los caballos-lecheros, los caballos-policiales. Ahora hay industrias, una sede universitaria, un diputado comunista, un lugar en el ascenso al fútbol profesional. De vez en cuando vuelo. Entro a su Mercado. Miro el quiosco de la Plaza. Bebo una cerveza con algún amigo imaginario en cuyo rostro veo las señales de mi pueblo.

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