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Del campo al salmón

por La Tribuna

granja, salmón / Pixabay

La agricultura del Biobío y de la macrozona centro-sur enfrenta uno de los mayores desafíos de las últimas décadas. La desaparición de cultivos tradicionales, el aumento de los costos de producción, la volatilidad de los mercados internacionales y la incertidumbre climática han obligado a miles de productores a replantear el futuro de sus predios. En ese contexto, la posibilidad de transformarse en proveedores de la industria salmonera emerge como una oportunidad que merece especial atención.

El encuentro realizado esta semana en Los Ángeles entre representantes de la agricultura, la salmonicultura y organismos públicos puso sobre la mesa una realidad contundente: la industria del salmón requiere cada vez más insumos de origen vegetal para la alimentación de sus peces. Trigo, lupino, raps y otros cultivos podrían convertirse en una alternativa productiva para cientos de agricultores que buscan nuevas opciones de rentabilidad y estabilidad.

Chile es el segundo productor mundial de salmón y gran parte de los insumos vegetales que utiliza esta industria aún son importados. Sustituir una parte de esas compras por producción nacional permitiría fortalecer los encadenamientos productivos internos, generar nuevas fuentes de ingresos para el sector agrícola y aportar mayor valor agregado a los territorios donde se producen estas materias primas.

Sin embargo, el desafío va más allá de sembrar nuevas hectáreas. La experiencia demuestra que los procesos de reconversión productiva requieren planificación, asistencia técnica, financiamiento y reglas claras. Por ello resulta especialmente relevante la posibilidad de avanzar hacia esquemas de agricultura de contrato, donde los productores puedan contar con certezas respecto de precios, volúmenes y condiciones de comercialización. La estabilidad es un factor clave para que los agricultores se atrevan a invertir y asumir nuevos riesgos.

También es importante comprender que diversificar no significa abandonar las actividades que históricamente han sustentado la economía rural. La fortaleza del agro radica precisamente en su capacidad para adaptarse sin perder su identidad.

El Biobío posee ventajas evidentes para transformarse en un actor relevante de esta cadena. Cuenta con experiencia agrícola, infraestructura logística, conocimiento técnico y una ubicación estratégica que permite conectar la producción con los centros de procesamiento y distribución. Aprovechar esas fortalezas requiere coordinación entre el sector privado, el mundo público y las instituciones de apoyo al desarrollo productivo.

La conversación entre el campo y la salmonicultura es un ejemplo de cómo la innovación también puede surgir de la colaboración. Si esta vinculación logra consolidarse, podría transformarse en una respuesta concreta para agricultores que buscan nuevos horizontes productivos y, al mismo tiempo, en una oportunidad para fortalecer una de las industrias exportadoras más importantes del país.

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