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Editorial

Violencia en los estadios


 Por La Tribuna

La violencia le está ganando no solo al deporte, sino que a la sociedad en su conjunto. El episodio ocurrido en una cancha de fútbol campesino de Los Ángeles, que terminó con un hincha muerto a balazos y otro con heridas graves por los proyectiles, es el síntoma – uno más – de un tejido social que peligrosamente se está habituando a incidentes de semejante nivel de brutalidad.

La rivalidad de las barras de fútbol viene desde los inicios del deporte. Es una parte consustancial a cualquier disciplina competitiva en que debe haber un ganador y, como contrapartida, también un perdedor. Sin embargo, lo que es absolutamente condenable es que dicha rivalidad traspase cualquier nivel de racionalidad y escale a un nivel de agresividad y violencia de tal envergadura que exponga la integridad física, no solo de los mismos competidores, sino que también de los asistentes y la comunidad en general.

Fue lo ocurrido el fin de semana en el cotejo disputado entre dos equipos de fútbol rural. Lo preocupante es que no se trata de un hecho aislado sino que, por el contrario, se ha convertido en algo relativamente habitual. Periódicamente se reportan enfrentamientos en los campos deportivos que culminan con lesionados de diversa consideración aunque, claro, el incidente ocurrido el fin de semana dejó una víctima fatal y un herido de gravedad.

Es demasiado habitual escuchar que las canchas de fútbol culminan en verdaderas batallas campales entre equipos rivales. El motivo puede ser cualquiera. La razón termina siendo un asunto secundario. Sin embargo, cualquiera que sea la causa, la violencia aparece de inmediato y con consecuencias insospechadas.

Hace demasiado tiempo que algunas disciplinas deportivas, en particular el fútbol, se han convertido en zonas de trincheras con escaramuzas permanentes. Pese a los anuncios de planes para frenar su ocurrencia y las amenazas de sanciones más enérgicas para sus involucrados, poco y nada se ha avanzado.

Después de cada episodio de violencia, es habitual también que se interpongan querellas para sancionar a los responsables de los desórdenes, apelando a la Ley de Violencia en Los Estadios.

Dicha normativa regula la realización de los partidos de fútbol profesional, establece los derechos y deberes de los asistentes y sanciona las conductas de violencia contra los jugadores, cuerpo técnico, dirigentes y entre espectadores.

Para sus infractores, además de las sanciones privativas de libertad, los tribunales pueden prohibir su acceso a los recintos deportivos por hasta cuatro años.

Por otro lado, aunque desde 2010 existe un plan denominado “Estadio Seguro” a raíz de los violentos incidentes entre barras bravas de los clubes de fútbol de mayor arrastre popular, su accionar no puede calificarse de efectivo a raíz de la sucesión de episodios de ese tipo. Recién el martes se detonaron bombas de ruido en la cancha y causaron lesiones auditivas a un arquero.

Aunque se ha intentado abordar este problema, lo hecho hasta ahora no resulta suficiente. Es necesario actuar con decisión, de manera coordinada, en el marco de un acuerdo de largo alcance que puede frenar esta espiral de violencia. De lo contrario, la gravedad de los delitos seguirá incrementándose, iniciando quizás un camino sin retorno.


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