miércoles 11 de diciembre, 2019

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Editorial

No sabemos lo que puede pasar: todo puede cambiar en cualquier momento

Lo importante es recordar que en cada uno de estos procesos alternativos de sucesos, lo más importante va a ser siempre la unidad, y por supuesto entendiendo que todos los individuos merecen dignidad.


 Por FREDY MUÑOZ SANDOVAL

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Un 26 de febrero, hace 8 años, íbamos a terminar el día como cualquier otro, donde todo está bien, preparándonos para dormir como una normal jornada de fin de verano.

Nuestro país avanzaba con ímpetu. Al igual que hoy, los medios de comunicación ponían su atención en el festival de Viña, y por ende, también lo hacía la población.
Estábamos en una fuerte carrera hacia la modernización total de todos los procesos de nuestra cotidianeidad, existiendo un crecimiento económico mirado con buenos ojos en la región latinoamericana.

Había una manifestación social en crecimiento, donde destacaban movimientos estudiantiles transversales en el país y también la irrupción de personajes jóvenes y desconocidos dentro de las facciones políticas.

Muchos de los secretos negocios entre las esferas de poder comenzaban a salir a la luz, y con ellos los primeros escándalos de corrupción que no cesan de afectar a una serie de instituciones y empresas del país en la actualidad.

En general, el desarrollo podía palparse en Chile, con una democracia creciente y asimismo también la participación ciudadana, de la mano con la baja credibilidad de ciertos conglomerados políticos, lo que provocó una renovación de los actores y las agendas.

La generación de jóvenes nacidos en los años finales de la dictadura, eran quienes estaban egresando de las universidades e impulsando innovadores proyectos en diferentes áreas, sobre todo en el ámbito social y de la tecnología.

Pero ese día, mientras algunos ya dormían, y muchos otros aún no lo hacían, nos encontraríamos con el mayor terremoto chileno en 50 años y el tercero más grande de la historia.

Aquello también desnudó muchas de nuestras carencias. Quizás no éramos los mejores, y a nivel estructural estábamos lejos de serlo. Nos dimos cuenta que nuestros sistemas y oficinas de emergencias eran precarias, cuyas ineficiencias costaron la vida de decenas de personas, considerando que la mayoría de las víctimas fatales perecieron debido al tsunami, en zonas donde se desconsideró una alarma pertinente.

Igualmente, eso también nos hizo ver lo mejor del espíritu combativo chileno, que cuando las cosas estaban pies para arriba, más se veía la unión de la gente en todos lados, en todos los grupos.

Inclusive ante ciertas proliferaciones de vandalismo, en la sociedad se generó un rechazo y un repudio fuerte y claro. Allí mostrábamos un gran nivel de desarrollo como sociedad, basado principalmente en una solidaridad que también es reconocida en otras naciones y sus autoridades.

Ya han pasado varios años, hemos crecido en otras cosas. Seguimos estando en constante modernización, con una generación de jóvenes que todo lo ha hecho electrónica y digitalmente, lo que nos hará avanzar aún más en tecnología.
Claramente todo puede cambiar, y en cualquier momento. Estamos en un país donde las vicisitudes de la vida y la naturaleza se dejan notar constantemente.

Lo importante es recordar que en cada uno de estos procesos alternativos de sucesos, lo más importante va a ser siempre la unidad, y por supuesto entendiendo que todos los individuos merecen dignidad, para que ante cualquier suceso inesperado, todos tengamos la oportunidad y el derecho de resguardo, unidad y pertenencia.

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