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Editorial

Se hizo reforma tributaria y no se pensó en los libros

Si en Chile no se trabaja para poder construir una sociedad más culta, no sólo seremos más débiles intelectualmente, también perderemos nuestra identidad y nuestra capacidad de relacionarnos o construir el futuro.


 Por La Tribuna

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Los últimos días dos operativos de Carabineros permitieron sacar de circulación una gran cantidad de libros piratas que se comercializaban en Los Ángeles y Mulchén. Algo que es muy positivo porque, los derechos de propiedad intelectual en Chile y el mundo, es algo que se respeta muy poco. A nadie le gustaría que le roben su trabajo.

Sin embargo, este tema va más allá y se debe analizar el por qué de la rentabilidad de un rubro ilícito frente al legítimo y la respuesta es simple: los impuestos.

El impuesto al libro en nuestro país, está totalmente fuera de toda norma internacional. Las razones son claras, no es precisamente un impuesto al libro, si no el famoso IVA o impuesto al valor agregado, que vela por añadir un precio de venta a cada uno de los agentes económicos que participa del proceso de distribución de un bien. Sin embargo, en nuestro país se comete el grave error de incluir la cultura, la música y los libros en este mismo saco.               

Si bien este es un tema relevante, el hecho que los elementos educativos, formativos y culturales tenga un precio, ya los hace ser de difícil acceso para todos, por lo tanto, para evitar una sociedad pobre en contenidos y conocimientos y así reducir la proliferación de la piratería, debe existir una política de Estado que se oriente a fomentar la lectura de forma real desde las bases, es decir, a partir del inicio. Entregando libros infantiles a los niños en sus planes de estudio. Asimismo, ofrecer quizás la exención de impuestos a los textos, a la música y a la cultura.    

          

Si en Chile no se trabaja para poder construir una sociedad más culta, no sólo seremos más débiles intelectualmente, también perderemos nuestra identidad y nuestra capacidad de relacionarnos o construir el futuro.

  

Hay que elaborar una política de Estado, en donde la educación aporte a este segmento. En los próximos días, por ejemplo, la fundación Futuro, realizará una campaña llamada “un profesor, un libro”, iniciativa que pretende fortalecer la lectura desde los educadores. Son señales, pero falta sumar a los actores públicos pertinentes en este sueño de lograr ser un país que esté a la par en el fomento y acceso a los libros. 

Soñar no cuesta nada. Hemos de esperar que el capítulo de esta historia quede impreso en algún libro como un gran salto de la sociedad. 

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