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Editorial

¿Qué hace a las personas creíbles y dignas de confianza?

Enfrentar la verdad no es sólo para las buenas noticias. Reconocer errores muchas veces es más valorable que cometerlos y justificarlos. Los políticos chilenos que ensucian la sociedad deben entender eso.


 Por La Tribuna

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En un país con un grado de confianza en estado crítico respecto a las autoridades y donde el nivel de credibilidad está por el suelo, surge la interrogante acerca de cómo ser creíbles.

Actualmente, la Presidenta Michelle Bachelet, quien tenía una de las cifras más altas de los mandatarios de la historia de Chile en relación a este tema, hoy ha tocado fondo producto de la confianza perdida tras el episodio del caso Caval y Soquimich.

De la misma manera, los políticos, principalmente de la derecha, han tenido que tratar de explicar el incorrecto, ilegal y cuestionado financiamiento con el que se realizaban las campañas políticas y los partidos han perdido toda credibilidad por parte de la ciudadanía.

Incluso los empresarios más poderosos se han visto involucrados en casos de conflictos de interés y tráfico de influencias que tienen sumida a la sociedad chilena en una de las crisis más graves que recuerde la institucionalidad.

Bajo este parámetro, la duda que surge es cómo recuperar esta confianza.

Pues bien, lo primero es hablar con la verdad en vez de buscar las excusas más inverosímiles para justificar el mal proceder.

Si se habla de cara al país y se reconoce –pase lo que pase– que se cometió un error, la sociedad podrá perdonar y valorar la sinceridad con que se afronta la incorrección.

En este aspecto, cuando las personas logran mirar a los ojos y decir honestamente que se han equivocado, sólo entonces consiguen la única posibilidad de comenzar desde cero.

Pero eso no ocurre.

La tradición del ocultismo se hizo característica en la sociedad y ya nadie quiere reconocer que faltó al valor más importante para construir las relaciones: la honestidad.

Las autoridades son más creíbles si demuestran con hechos que todo cambió y que buscan condenar las conductas irregulares. Se habla de agenda de probidad, se anuncian medidas para evitar la corrupción, pero aún no hay ningún condenado por estos casos y probablemente ninguno de los poderosos políticos y empresarios vaya a la cárcel, ya que la legislación es bastante débil en este sentido.

Sin embargo, la sociedad condenará con el voto a quienes se aprovecharon del sistema, pero no hará lo mismo con los poderes económicos, ya que necesitan de ellos para alimentarse, vestirse y entretenerse, y la gente tampoco cederá sus beneficios por hacer justicia.

Para ser digno de confianza, no se puede ir tomando medidas sobre la marcha cuando se destapan públicamente las faltas. En el caso del SII, recién esta semana fue removido el director nacional, cuando inclusive él mismo debería haber presentado su renuncia al momento de verse involucrado en tal vergonzoso desliz. Pero no lo hacen. Ensucian la política, ensucian a la sociedad chilena internacionalmente y con ello dividen al país aún más que con la distribución del ingreso. De esta manera, sigue intacta la legendaria dicotomía entre quienes tienen más poder de salvarse versus la sociedad chilena común.

Enfrentar la verdad no es sólo para las buenas noticias. Reconocer errores muchas veces es más valorable que cometerlos y justificarlos. Los políticos chilenos que ensucian la sociedad deben entender eso.

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