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Editorial

La amistocracia dañina

La honestidad es una virtud difícil de conservar al momento de ejercer el poder de asignación de recursos, pero que, si un funcionario público o autoridad logra cumplirla responsablemente, su valor personal pasará a la historia.


 Por La Tribuna

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Cuando se busca hacer política, las referencias y los contactos están siempre encima de los procesos. Los amigos empresarios o “hermanos de” siempre penan en el mundo público. Algunos lo llaman “devolver la mano”, pero no corresponde ética ni jurídicamente tomar en cuenta aquellos favores para adjudicar procesos licitatorios.

Hoy, a nivel nacional, basta ver cualquier noticiario de la televisión para advertir las consecuencias y repercusiones que trae todo esto: una comunidad desencantada, desconfiada y avergonzada de sus políticos que han sido descubiertos en esas malas prácticas aprovechando sus importantes puestos de autoridad.

Este abuso de poder no es una práctica lejana a nuestra realidad. En esta provincia son varias las comunas donde se percibe que está ocurriendo lo mismo.

En ese sentido, es difícil entender por qué a las autoridades en ejercicio les cuesta tanto desempeñar con honestidad ese empleo destinado al bien común y dejar que, simplemente, el sistema y las instituciones funcionen. No se puede, francamente no.

Ya sea por mera simpatía o corrupción, nuestros líderes están incurriendo en incongruencias entre lo que dicen y lo que hacen. Es así que, en los últimos meses, varios municipios de la provincia de Bío Bío han caído en esos procedimientos repudiables.

¿Cuál es la forma de terminar con ese indigno proceder? Pues, con algo que, pese a ser simple, cuesta mucho cumplir en el mundo político y especialmente en los municipios y áreas del sector público, y que sólo un selecto grupo defiende: la honestidad.

Chile necesita personas comprometidas, tanto para aspirar a funciones de representación democrática como para ocupar un cargo público donde se administran recursos que van destinados a mejorar la calidad de vida de las personas.

La amistocracia es dañina. No es necesario dar ejemplos, ya que usted, estimado lector que transita por las calles de la ciudad, puede constatar en persona las obras realizadas con un aparente compromiso del “favor”, y que han traído consecuencias nefastas a la comunidad.

El despilfarro de recursos es algo que se debe erradicar del mundo público, especialmente si se quiere hacer bien el trabajo.

Es extraño que distintas licitaciones para obras menores y otras de gran tamaño estén en manos de compañías cuestionadas tanto a nivel nacional como internacional y, lo que es peor, que se siga adjudicando iniciativas a empresas con un prontuario de incumplimientos que deja mucho que desear.

La honestidad es una virtud difícil de mantener al momento de ejercer el poder de asignación de recursos, pero si un funcionario público o autoridad logra conllevarla responsablemente, su valor personal pasará a la historia.

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