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La historia sobre el “Asedio de Los Ángeles”

En marzo de 1819, hace justo 203 años, los soldados y la población civil de la capital provincial extremaban recursos contra las tropas realistas que intentaban tomarse esta plaza militar. Fueron 10 días de encarnizados combates que culminaron con la llegada de la caballería.


 Por Juvenal Rivera

Croquis Isla de la Laja

Imaginemos el siguiente cuadro. En los atalayas de un fuerte de elevados muros de piedra, un puñado de soldados abre fuego a todo lo que se mueve. Al interior, mujeres, ancianos y niños – que buscaron refugio en sus muros – colaboran con las tropas exhaustas en todo lo que necesiten.

En las afueras, decenas de briosos hombres montados a caballo intentan traspasar la fortificación a como dé lugar pero son repelidos por las balas y un certero cañón. El cielo está oscurecido por los campos cercanos que arden al ser encendidos a propósito.

Pero los días pasan. Se acaban las municiones, se acaban el agua y los alimentos. La situación es desesperada. Después de 11 jornadas de lucha sin tregua, la caída es prácticamente inminente. Solo será cuestión de horas.

De pronto, a los lejos, se escucha el sonido de jinetes a todo galope. Es la caballería que viene a librar a los cautivos del fuerte. El enfrentamiento dura unos pocos momentos hasta que los sitiadores huyen en desbandaba.

Lo que leyó podría haber sido la trama ficticia de una de esas películas hollywoodenses de vaqueros de los años 50. Pero fíjese  que no, que la escena descrita sí ocurrió. Pero eso no es todo porque lo descrito ocurrió en Los Ángeles. Para ser más precisos, entre el 1 y el 10 de marzo de 1819 (hasta justo 203).

En los pocos libros de historia que mencionan el incidente, se refiere al hecho como el “Asedio de Los Ángeles”. Los bandos en conflicto fueron las tropas de la naciente República de Chile. Al otro lado, mapuches aliados con los últimos bastiones de soldados realistas. La caballería que libró del asedio a los soldados y la población local la encabezó un oficial ya muy veterano, Andrés de Alcázar (bordeaba los 70).

Para entender mejor el “Asedio de Los Ángeles”, es necesario explicar el contexto. Y para eso nos vamos a remontar a uno de los hechos más importantes en el proceso de independencia: La batalla de Maipú, del 5 de abril de 1818, que puso fin al último intento de la Corona Española por recuperar esta posesión.

Sin embargo, parte de las tropas derrotadas en Maipú siguieron siendo leales al Rey y buscaron seguir haciendo la resistencia a través de una guerra de guerrillas en la zona de Biobío (sí, en nuestra provincia), a través de alianzas con líderes mapuches. Ahí es cuando sale el nombre del Vicente Benavides y de los hermanos Pincheira. También fueron tristemente célebres en esa época los nombres del comandante Picó y el cura Ferrebú.

Fue lo que los historiadores llamaron después como Guerra a Muerte. Y se le puso ese nombre porque la brutalidad fue una de sus mayores características. Todo tipo de salvajadas se cometieron en ese tiempo con el fin de escarmentar a sus rivales.

El “Asedio a Los Ángeles” enfrentó al comandante Isaac Thompson, que estaba al mando del Batallón Nº 1 de Cazadores de Coquimbo, que a su favor solo contaba con cuatro piezas de artillería, demasiado poco para batirse ante las fuerzas realistas comandadas por Vicente Benavides, que tenía entre mil y 3 mil soldados e indígenas a su cargo.

En el parte del comandante Thompson al intendente de Concepción, del 1 de marzo de 1819, se relatan los hechos:

“El cerco del pueblo se continuó con escaramuzas constantes, en que perecieron muchos indios y en que los defensores de la plaza no tuvieron más desgracias personales que la muerte de algunas mujeres que habían tardado en acogerse al fuerte”.

Se dice que los sitiadores intentaron quemar el pueblo pero el cañón de la fortaleza les impidió hacer su cometido. Sin embargo, prendieron fuego a los campos vecinos que oscurecieron los cielos por varios días.

Las tropas de Thompson retrasaron los ataques del enemigo y le causaron 60 bajas. Sin embargo, los asaltantes se mantuvieron en los alrededores de la villa asaltando las casas y posteriormente incendiándolas. Los jinetes golpearon con sus lanzas los macizos del portón del recinto. Pero los días pasaban inexorablemente. Las municiones escaseaban. Los alimentos y el agua también.

La única y desesperada acción que quedaba era abrirse paso con espadas y bayonetas. Un verdadero suicidio. Haberse rendido habría significado ser “pasados por las armas”, es decir, ser asesinados cruelmente.

Cuando ya estaba por ejecutarse ese plan kamikaze, hace su aparición el mariscal Andrés Alcázar, que al mando de un escuadrón de Cazadores de la Escolta Directorial y algunas milicias a caballo, arremetieron contra los sitiadores y salvaron a la ciudad de haber caído.

¿Final feliz? La alegría sería algo temporal. Los hechos de los años siguientes demostraron porqué se llamó Guerra a Muerte a ese parte de la historia chilena. Los nombres de todos los mencionados en este artículo tuvieron una muerte muy violenta, especialmente Alcázar que fue decapitado y su cabeza clavada en una pica para exhibirla a los rivales.

También Los Ángeles fue finalmente asaltada, quemada y abandonada por siete años. Pero los detalles de aquel episodio serán parte de una próxima crónica.

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