suscríbete al boletín diario

Destacados

El problema social que fueron “los coléricos” en Los Ángeles

Partió con una serie de hechos policiales pero que derivaron en toda una discusión pública por la aparición de jóvenes rebeldes y contestatarios que fueron un verdadero dolor de cabeza para las autoridades de su tiempo, que buscaban explicaciones a un fenómeno social que se instaló en la sociedad.


 Por Juvenal Rivera

1, coléricos

La serie de robos cometidos en los primeros días de septiembre de 1960, que afectaron a varios locales del centro de la ciudad de Los Ángeles, desató una implacable cacería protagonizada por efectivos de Carabineros y de la Policía de Investigaciones.

Es que solo con un par de días de diferencia, tres establecimientos comerciales ubicados por calle Colón fueron desvalijados por los delincuentes. Los autores de los robos se embolsaron más de un millón de pesos, una enorme cantidad de dinero para la época.

El desenfado y la astucia de los atracadores hizo entender muy pronto a los investigadores que no se trataba de la acción de delincuentes comunes. Poco a poco, las pistas fueron conduciendo a un grupo de jóvenes que no superaba los 20 años, incluida una mujer, cuyo origen social era impensado: eran muchachos cuyas familias tenían una situación económica relativamente holgada.

Ya antes de apresar a los delincuentes, la prensa local había tachado a sus autores como “coléricos”, mote que se le entregaba a quienes formaban parte de lo que en ese tiempo se consideraba una “juventud rebelde y descarriada”.

Las pesquisas dieron sus resultados al cabo de un par de semanas. Primero fueron apresados cuatro integrantes de la banda. El quinto –y líder del grupo– fue un hueso duro de roer. Después de tres allanamientos en distintos puntos de la ciudad, finalmente pudo ser capturado por los detectives en un fundo cercano. El jefe de la organización solo tenía 16 años.

Como muy pocas veces sucede, los nombres de los cinco detenidos no fueron divulgados en la prensa. Era habitual que los nombres de los detenidos se entregaran completos, incluso hasta sus direcciones. Sin embargo, en ese hecho hubo mesura sobre quienes cometieron los delitos y la forma en que eludieron la acción de la justicia.

Sin embargo, su caso dio origen a una intensa discusión pública sobre la existencia de pandillas de “coléricos” en Los Ángeles, sumándose a un fenómeno que se replicaba a nivel mundial. Es que la actitud displicente y contestataria, unida al uso de ropa ajustada y de colores siempre llamativos, despertaron las alertas en una sociedad angelina siempre demasiado conservadora, incluso en los sectores más liberales.

Además, películas como “Rebelde sin causa” y “Semilla de maldad”,

estrenadas en la década anterior, eran admiradas por los jóvenes de ese tiempo, que seguían la moda y actitud de los actores protagonistas, particularmente con ídolos como James Dean.

Pero la ocurrencia de este hecho policial no fue el punto de término de lo ocurrido en la ciudad. De hecho, en el diario La Tribuna se publicaron extensas columnas de opinión de distintos “especialistas” para referirse al fenómeno de los coléricos.

Entre esos puntos de vista, llama mucho la atención la opinión de uno de ellos, el del profesor Guillermo Diez Urzúa, quien no ahorró en adjetivos para definir a lo que ahora simplemente llamaríamos “tribu urbana”: “(El colérico) es un joven ocioso, ignorante y vago, aficionado a fumar en exceso, a tomar a lo grande. Suele vestir ropa ajustada y de colores vistosos, más apropiados para señoritas”.

Agrega: “El colérico no es original, es esencialmente un imitador, un plagiario. El chileno ha copiado del yanqui o del francés a través de las películas y lecturas baratas. Es una persona de mal gusto y justifica esta falla vistiendo, opinando y eligiendo todo lo contrario de los demás, justificando su postura en el modernismo y la libertad”.

A su juicio, “la blandura de la ley penal chilena puede influir en la aparición de estos ‘bichos raros’”, aunque deslinda la mayor responsabilidad en las familias “mal constituidas (…) en las cuales la palabra de Dios está totalmente encerrada, tan oculta que jamás se deja oír”.

Compartiendo el diagnóstico, un capitán de Carabineros propuso censurar los cines y revistas inmorales, y exhortó a educación en la formación de oficios para que los jóvenes no tuvieran tiempo de ocio.

Una opinión similar tuvo el padre Eduardo de Curicó, quien consideró que cierto tipo de cine era inmoral: “mata la infancia en los niños y marchita los ideales en los jóvenes”. Para el religioso, se trata de un “torrente siniestro que impulsa a esta juventud a desafiar las normas establecidas”, aunque hace una precisión importante: los coléricos son hijos de “familias bien”, no de “rotitos”.

A su juicio, el fenómeno tuvo un punto de partida en 1938, cuando se instaló el laicismo en la sociedad chilena (ese año asumió el gobierno de Pedro Aguirre Cerda gracias a una coalición de centroizquierda), por lo que instó a robustecer jurídica y éticamente la institución del matrimonio y reformar los programas educacionales.

Una posición más benevolente tuvo el médico Luis Mendieta. Para el profesional, los coléricos eran jóvenes inadaptados. “El muchacho que no puede formar su personalidad en el hogar, la forma en la calle”, señala, luego de lo cual añade: “cuando ese joven carece del cariño familiar, forma un nuevo núcleo: la pandilla”.

En el fragor de la discusión pública, el doctor Santiago Hunfán, miembro del Comité de Extensión Cultural de la Municipalidad de Los Ángeles y socio del Rotary Club, respondió a las opiniones anteriores aportando una mirada completamente diferente (y mucho más sensata). Para el médico, no se trata de coléricos, sino de jóvenes en situación irregular, razón por la cual llamó a no estigmatizarlos ni condenarlos, sino que a buscar soluciones en conjunto.

Especial Coronavirus

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes