sábado 17 de agosto, 2019

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Académico de la USS espera que la Roja enfrente la final tal como lo haría un niño

Docente de la Universidad San Sebastián, Jaime Vásquez, académico de Pedagogía en Educación Física, realizó un breve análisis sobre cómo se debe entender, y enfrentar, la final del torneo de selecciones más antiguo del mundo.


 Por NICOLÁS IRRIBARRA IRRIBARRA

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Los festejos se contraponen con el nerviosismo ante una final, ese aire exorbitado de celebración toma mesura. Una final que se transforma en un hecho apoteósico para una sociedad que necesita ganar algo importante, algo que no ve en política, salud, ni educación.

Triunfar para el grupo de deportistas debería elevar al éxito a cada persona, que siente una alegría desmesurada por este deporte que involucra los colores del país.

Alguien aguafiestas diría que lo relevante, y que es sinónimo de sentir orgullo, es que la reforma educacional se canalice para ser una sociedad más desarrollada.

Al parecer el sentido de pertenencia es efímero, se exacerba con una pelota de fútbol, se lleva a los extremos. Sí, quiero que la selección gane la Copa. No pretendo enredarme en esas tácticas interminables de pizarra que son propias de los entrenadores en su refugio más íntimo y que cualquiera de nosotros puede rebatirla desde una opinión, idealmente desde una certeza.

Al parecer la emotividad nos pone un peldaño más arriba, y la fe vuelve a aparecer, creemos que ese marcador favorable es la solución para nuestros problemas familiares, laborales o llegar a fin de mes. Quisiera vivirlo como cuando era adolescente parado en una esquina junto a unos amigos pasando las horas previas, mirando la gente, los autos, el ambiente que se asoma producto de una imaginación.

Tal vez no haya que darle muchas vueltas, lo cierto es que seguiremos en nuestra rutina del día a día un poco más contentos o un poco más tristes, da igual. Esa es la receta. Vivir la experiencia como un niño que al poco rato tendrá otra alegría, o soslayará la pena pasajera comprando en la esquina. Espero que el futbolista lo viva como un niño, si pierde no pasa nada, si gana, tampoco.

Recuerdo la imagen en la cancha de entrenamiento donde se veía a un niño, el hijo del portero. Quizás haya sido un presagio, pues jugaba con el otro “niño”. Presagio o coincidencia, espero que el ángel de ese niño pueda sacar del jugador el recuerdo de la infancia para que se divierta como en su natal Tocopilla.

Queremos ver a ese “niño” angelical divertirse, que reproche porque se acaban las dos horas de partido, que se quede jugando y pegándole a la pelota, sin portero, no importa. La Copa para el ángel. 


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