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Crónica

Angelinas relatan sus agotadoras experiencias como madres, jefas de hogar y trabajadoras

El 2016, la Organización Mundial de Salud (OMS) decretó el Día Mundial de la Salud Mental Materna, con el fin de aumentar la conciencia acerca de esta problemática, que ha adquirido mayor relevancia tomando en cuenta la situación por la pandemia del coronavirus.


 Por La Tribuna

81, mamá e hijos

Teresa tiene 21 años y un pequeñito de poco más de dos años que corretea por todos los rincones de su casa. Se llama Ignacio y recién está aprendiendo a avisar cuando debe ir al baño, pero no siempre lo hace, lo cual puede ser un problema por todo lo que hay que limpiar. También lo levanta, lo viste, lo alimenta y juega con él. Y aparte de todo eso, debe hacerse el tiempo para estudiar, para hacer los trabajos de la universidad, para rendir los test y exámenes en una carrera exigente y que demanda mucho tiempo: Derecho.

En otras circunstancias estaría instalada en Concepción y dedicada completamente a sus estudios –va en tercer año– mientras su hijo debería estar asistiendo a una sala cuna con jornada extendida (hasta las 18:30 horas), para después quedarse al cuidado de sus abuelos maternos en Los Ángeles.

Pero la emergencia sanitaria por el coronavirus dio pie a muchos cambios en la vida diaria. En el caso de la Universidad de Concepción, obligó a suspender las jornadas lectivas presenciales por la modalidad de clases online.

Para Teresa, no ha sido nada de fácil. Ha debido multiplicar su tiempo para dividirlo entre las diversas tareas que debe cumplir entre su hijo y los estudios.

Aunque vive con su mamá, ella debe ir a trabajar semana por medio a un Centro de Salud Familiar (Cesfam), por lo que debe asumir la responsabilidad de mantener el orden y aseo de la casa.

Así las cosas, muchas veces no ha tenido más opción que quitarle horas al sueño para repasar y memorizar los interminables listados de apuntes, leyes, normas y decretos.

“Ha sido verdaderamente agotador, demasiado cansador. No tengo tiempo disponible, no puedo permitirme un tiempo para algo distinto que no sea ver a mi hijo, la casa y el estudio”, cuenta la joven de 21 años, quien declina tomarse una foto porque “tengo unas ojeras horrorosas”.

Es que la pandemia causada por el coronavirus ha repercutido en la vida de los hogares, pero especialmente para las mujeres, muchas de las cuales deben hacerse cargo de las labores domésticas, de cocinar y hacer el aseo, mientras tienen que cumplir con sus empleos o estudios a través de alguna de las plataformas online.

De ahí que desde el 2016, la Organización Mundial de Salud (OMS) decretara el Día Mundial de la Salud Mental Materna, con el fin de aumentar la conciencia acerca de esta problemática, con la finalidad de que más mujeres busquen ayuda y reciban tratamiento adecuado, y menos sufran.

El objetivo común es sensibilizar a la población mundial acerca de la importancia de la salud mental materna y mejorar los recursos destinados por los gobiernos a la prevención, detección y tratamiento de los trastornos mentales durante el embarazo y el primer año tras el nacimiento (trastornos mentales perinatales).

El primer Día Mundial de la Salud Materna se lanzó en el año 2016 y se conmemora cada año el primer miércoles de mayo, que este año se celebró el pasado 6 de mayo.
Un trance similar al de Teresa vive Beatriz. Con 34 años, debe responder en su exigente trabajo, ver los asuntos domésticos de su hogar y ver a sus dos hijos, de nueve y dos años de edad, quienes tienen distintos requerimientos en atención y cuidados.

“Sin duda que es difícil y, además, es muy poco reconocido”, señala mientras enumera la lista de asuntos domésticos y laborales que debe resolver durante el día hasta muy avanzada la noche.

Su hijo mayor, además de la escuela, “tenía muchas actividades fuera de la casa. En la semana iba a la escuela de fútbol y a scout los fines de semana. Acostumbrado a salir con su círculo de amigos, con sus compañeros, al estar en casa, la única forma de interactuar es a través de las pantallas, que quizás qué problemas pueda tener más adelante. En el caso de la más pequeña, la tele es la forma más amena a mano para entretenerla y, de paso, hacer el resto de las cosas”, explica.

Es que si antes tenía la ayuda de algún familiar o de una empleada, ahora debe hacerlo todo sola, ajustando sus tiempos para que el aseo y almuerzo “no se me topen con las actividades laborales” que se inician a primera hora de la mañana, a través de la aplicación Zoom para el teletrabajo.

“Es complejo asumir el ritmo de la casa que no para nunca. Es un loop interminable de cosas por hacer, de loza que lavar, de pasar el trapero, de mantener el orden”, mientras que debe ayudar a su hijo mayor con las guías que le envían del colegio porque “no las puede ver solo, hay que ver cuáles son las materias que le tocan y resolver las dudas”.

Y, en medio de todo, el trabajo donde “se debe cumplir bien; todos estamos con la presión de mantener la fuente laboral”, señala, mientras recuerda los tiempos en que cumplía funciones freelance en empresas que ahora ya no están por la crisis económica derivada de la emergencia sanitaria. “Tuve que tomar una opción a tiempo completo que ciertamente demanda una responsabilidad mayor”, acotó.

Al final del día, “uno agradece el silencio y la quietud solo para hacer aseo y que la casa termine limpia, o terminar las cosas del trabajo. El sueño no es de buena calidad por la presión”.

Pese a todo, asegura que las “mujeres y mamás somos fuertes y somos capaces de eso y mucho más”.

HIJO ADOLESCENTE

Pamela se encuentra haciendo cuarentena en un departamento cercano a la laguna Esmeralda junto a su hijo de 16 años. Ambos están confinados desde fines de marzo porque quieren procurar mantener a raya cualquier contagio y así mantener a resguardo, principalmente a su madre, que el año pasado logró salir adelante después de un tratamiento contra un cáncer muy agresivo.

Pero la permanente compañía entre ella y su primogénito adolescente no ha sido nada de fácil. La imposibilidad de él para salir a estudiar y ver a sus amigos y compañeros, a la polola, de volver a su estilo de vida anterior, lo tienen con los nervios de punta, según Pamela.

Y los roces con ella se han sucedido uno tras otro, básicamente porque le exige que no salga, que siga encerrado, que haga el esfuerzo, que piense en su abuela, en los seres queridos.

Llegaron a pelearse, a decirse muchas cosas, que ella era muy cuática, que él era muy irresponsable, y así. La discusión escaló al punto que ni siquiera se saludaban en las mañanas, aunque compartieran los mismos espacios en el departamento de poco más de 50 metros cuadrados. Cada uno estaba encerrado en su dormitorio y solo salían a comer.

Así estuvieron seis días, sin hablarse, hasta que ambos dieron el paso, se estrecharon en un abrazo y dejaron atrás los rencores.

Especial Coronavirus

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