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Entre música, fútbol y recuerdos: Los Ángeles despidió a Manuel Garrido tras explosión en Renca

por Jeremy Valenzuela Quiroz

 El vecino de la Población Galvarino falleció a los 49 años tras permanecer dos semanas internado luego de la explosión ocurrida en Renca. Su despedida reunió a familiares, amigos y vecinos que acompañaron su último recorrido por el barrio donde creció.

Entre música, fútbol y recuerdos: Los Ángeles despidió a Manuel Garrido tras explosión en Renca / Diario La Tribuna

En la Población Galvarino de Los Ángeles, el nombre de Manuel Garrido Fuentes no necesita mayor presentación. Basta con decir "el Rucio" para que aparezcan historias, anécdotas y recuerdos que lo describen con la alegría que durante toda su vida lo caracterizó.

Al momento de su deceso, tenía 49 años, pero su historia en el barrio comenzó mucho antes, cuando era un niño que corría por el pasaje Suecia, donde nació y vivió su infancia y adolescencia.

Allí forjó sus primeras amistades y su identidad. Estudió en la Escuela República de Israel (ex Nº5) y luego continuó la enseñanza media en el Liceo Comercial Camilo Henríquez de Los Ángeles, etapa en la que consolidó su carácter sociable y extrovertido.

EL FÚTBOL COMO ESCUELA DE VIDA

Según relató su hermana, Bárbara León, desde pequeño, el fútbol marcó parte importante de su vida. Manuel era hincha acérrimo del CDSC Iberia, pero no se quedaba solo con seguir al equipo de su ciudad, sino que también destacaba en las canchas de la capital provincial.

Era de los que organizaban partidos, convocaba a los amigos y se quedaba hasta que la luz del día se desvanecía en el horizonte.

"Siempre fue muy apasionado por la pelota. Ahí creó lazos y se hizo amigos que han durado hasta ahora y lo siguen recordando a pesar de vivir en Santiago", recordó su hermana Bárbara León.

Según su esposa, Gloria Moreno, con quien compartió más de 23 años de vida en común, asegura que la pasión por el fútbol lo acompañó hasta el final. Sin embargo, las reiteradas molestias físicas y las complicaciones en sus rodillas —producto del desgaste acumulado tras años de juego— lo obligaron a moderar el ritmo y a dejar atrás la intensidad con la que siempre había vivido cada partido.

Pero nunca dejó el deporte que tanto lo apasionó ni el reunirse con sus amigos del barrio para comentar resultados o recordar viejos partidos.

LA GUITARRA, SU OTRA PASIÓN

Si el fútbol lo vinculaba con el barrio, la música lo acercaba a las personas. Según su pareja, Manuel tenía un talento innato para la guitarra y cantaba con una naturalidad que no buscaba aplausos. No necesitaba escenario ni micrófono: bastaba encontrar a alguien con quien compartir una canción para desplegar su lado más artístico, sin importar el lugar ni la ocasión.

Su esposa, lo describe como un hombre que no pasaba desapercibido. "Era demasiado alegre. ‘Si no llego yo, esto parece un velorio', me decía", recuerda.

Más de alguna vez, caminando por el centro de Santiago, se detenía frente a músicos callejeros, pedía la guitarra y comenzaba a cantar. Podía quedarse largo rato, entre aplausos improvisados y risas. Era espontáneo, cercano, de trato fácil. "Era el alma de la fiesta", coinciden sus familiares.

DEJAR SUS RAÍCES

Según detalló su hermana, cuando Manuel tenía 20 años tomó la importante decisión de emigrar a Santiago en busca de mejores oportunidades laborales. Como muchos jóvenes de regiones, entendió que debía salir de ciudad para crecer.

En la capital desempeñó distintos oficios. Trabajó en centros de montaña como Stewart, ligado mantención de una cocica. Más adelante, alrededor del año 2007, comenzó a trabajar como guardia de seguridad, oficio que ejerció por casi dos décadas. Según Gloria, le gustaba el contacto con las personas y la dinámica del trabajo.

"Formó muchos lazos con colegas. Siempre llamaba para saber cómo estaban, era muy preocupado", expresaron sus familiares. Para Manuel, el trabajo no era solo cumplimiento de turno, también significaba vida social, compañerismo y responsabilidad.

UN HOMBRE DE FAMILIA

Manuel y Gloria se conocieron el año 2002. Siete años después decidieron tener una hija en común, quien hoy tiene 16 años. Además de su rol como padre, también asumió con compromiso la crianza de su sobrina que llegó a Chile en medio de circunstancias familiares complejas en Perú, su país de origen. La promesa de cuidarla como propia la cumplió sin matices.

Su familia lo describe como un hombre cariñoso y protector. "Era muy de piel, muy amoroso. Abrazaba siempre", cuenta su esposa. Disfrutaba los momentos simples: salir juntos, compartir reuniones con amigos, organizar encuentros familiares. Si había una invitación, buscaba la forma de acomodar sus turnos. "Siempre priorizaba a la familia", recalcan.

Su hija menor lo esperaba cada día. Sabía reconocer el sonido de la reja cuando él llegaba y corría a recibirlo. Según su esposa, esa rutina cotidiana era uno de los espacios que más valoraba.

FEBRERO, VOLVER A LAS RAÍCES

Aunque su vida estaba radicada en Santiago desde hace más de dos décadas, nunca rompió el vínculo con Los Ángeles. Febrero era intransable. Pedía vacaciones y viajaba con su familia a su ciudad natal. A veces eran dos semanas, otros diez días, pero el viaje se repetía año tras año.

Recorría la Población Galvarino, visitaba a sus amigos de infancia y compartía con familiares. "Parecía alcalde", bromeaba su esposa, porque en cada esquina alguien lo saludaba. "¡Rucio!", le gritaban desde distintos puntos.

Esos retornos no eran protocolares. Eran parte de su identidad. Siempre dijo que quería volver algún día de manera definitiva. Y repetía una frase que quedó grabada en su entorno: "Yo tengo donde caer muerto". Ese lugar, para él, era Los Ángeles.

EL REGRESO

Manuel permaneció dos semanas aferrado a la vida tras la explosión que en Renca dejó trece personas fallecidas. La madrugada de este sábado, a las 2:37 horas, se confirmó su deceso. Sus restos regresaron luego a la ciudad que lo vio crecer, y el cortejo fúnebre recorrió calles emblemáticas de la Población Galvarino, donde vecinos y cercanos le dieron el último adiós.

Fue velado en la Iglesia de Dios Mensajeros de Salvación y posteriormente sepultado en el Parque Santa María, cumpliendo su voluntad de descansar junto a su abuela, su segunda madre.

La despedida no fue solo familiar. Amigos de infancia, excompañeros, vecinos y conocidos se acercaron a acompañar a la familia. La imagen de ese recorrido por las calles donde creció cerró el círculo de una vida marcada por su apego a su barrio, a sus afectos y a una identidad que nunca dejó atrás, incluso cuando la distancia lo llevó a otros lugares.

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